sábado, 8 de diciembre de 2012

El Euskadi, La Selección Vasca que Desafió a Franco




Corría 1937 y el levantamiento fascista contra la Segunda República Española se asentaba a punta de sangre y fuego por toda la península. La situación era funesta: más de la mitad de España estaba en manos de los alzados, la muerte reinaba en todas partes,  y el hambre junto a  la escasez de alimento coronaban un panorama aciago para el pueblo digno.

Nada ni nadie se salvaba del azote criminal de Franco y  de sus repugnantes socorros  mandados por Hitler y Mussolini. Así, y ante tanta crueldad, el novel Gobierno Vasco, encabezado por José Antonio Aguirre, y fiel a la República, decidió poner a salvo de la barbarie a miles de niños, víctimas inocentes del conflicto. Apoyados por gobiernos extranjeros, miles de infantes -se estima que más de 30 mil- se embarcaron rumbo a destinos tan disímiles, tales como Francia, Bélgica, Inglaterra, Rusia, Dinamarca o México.

Unido a esto, y con la intención de generar ayuda económica para los propios pequeños, el mismo Aguirre meditó la idea de enviar por el mundo a lo mejor del fútbol de Euskadi, reuniendo a los más excelsos jugadores de toda la región. Sin embargo, y a poco andar de la idea, se decidió reclutar a los valores que alguna vez hubiesen vestido y sentido los colores del Athletic Club de Bilbao, por considerar a este club como el mayor y mejor exponente del fútbol vasco.

Isidro Lángara, máxima figura del Euskadi
Era finales de marzo de 1937 y se presentaron en San Mamés una plantilla de jugadores incomparable, difícil de superar en su talla humana y deportiva. Los mejores exponentes del equipo campeón de la Liga justamente el año anterior, reforzados por Luis Regueiro, que venía de sendas actuaciones por el Real Madrid; Serafín Ahedo, insignia del Betis, penúltimo campeón de España antes que se suspendiera el torneo; y de un imprescindible: Isidro Lángara, goleador en el 34', 35' y 36', defendiendo los colores del Real Oviedo, y quien, cuando estalló el conflicto, no dudó en tomar las armas para defender al Frente Popular, enrolándose en el bando republicano.

El ilustre conjunto estaba encabezado por Pedro “Perico” Vallana, jugador a esa época retirado y que ostenta el rótulo aún de ser el único futbolista español en haber participado en tres Juegos Olímpicos, quien las ofició como el director técnico del equipo, quien, además de adiestrar a sus discípulos, debió de encargarse de confeccionar el uniforme que ocuparía dicha selección, además de Ricardo Irezabal, vicepresidente de la Federación Española y Manuel de la Sota, presidente del Athletic, y al que el Gobierno vasco encomendó la tutela de la expedición.

Con pocas "pilchas", pero con un corazón henchido por saber que lo que hacían trascendería en la historia y, por sobre todo, que su ejemplo empequeñecía aún más la repugnante actuación de los fascistas, los 23 héroes partieron a París, lugar donde comenzaría una de las odiseas más dignas de que tenga cuenta la historia del balompié a nivel mundial.

El sábado 24 de abril de 1937, la Selección de Euzkadi arriba a la estación de tren París-Austerlitz, en la capital gala, siendo recibidos por Rafael Picabea, diputado por Guipúzcoa y delegado del Gobierno Vasco. El tiempo corría rápido y los refugiados vascos alrededor del mundo tampoco podían esperar. En la jornada siguiente, jugarían el primer partido de la gira ante el Racing de Paris, sin embargo, toda la delegación insistió en visitar la Tumba del Soldado Desconocido, ubicada bajo el Arco del Triunfo, que representa a todos los soldados fallecidos durante el transcurso de la Primera Guerra Mundial, y depositaron allí la Ikurriña, la célebre bandera tricolor vasca.

A la jornada siguiente, y como estaba presupuestado, el Euskadi, como comenzaron a llamarle a dicha selección,  y nada más que en el Estadio Parque de los Príncipes, tendría su primer apretón ante el Racing Club de Francia, último campeón del torneo galo, y que se vio reforzado con lo mejor del fútbol francés. Pero, y ni siquiera los socorros futbolísticos venidos desde toda Francia, fueron suficiente para que los locales pudieran hacerle frente a los vascos, pues, y con una inapelable actuación de Isidro Lángara, quien marcó los goles del encuentro, el Euzkadi se impuso por 3 a 0, cosechando sus primeros aplausos.

La algarabía aún no abandonaba al ilustre conjunto vasco, cuando, a la mañana siguiente, las radios de toda Europa, a excepción, por cierto, de las emisoras franquistas en España, emitían la trágica noticia de que la Legión Cóndor, encabezada por el general nazi al servicio de Franco, Wolfram von Richthofen, bombardeaba la emblemática ciudad de Guernica, enclavada en el corazón del País Vasco y considerada su capital cultural e histórica, quitándole la vida a más de 300 civiles.

Dicha aberración caló hondo en la legación vasca, sin embargo  y como homenaje a las víctimas de aquel episodio, se juramentaron ganar su próximo encuentro. Y así fue. Con una mágica demostración de fútbol, el Euzkadi barrió con el Olympique de Marsella, derrotándolo por 5 a 1, y reduciendo en parte el dolor que les significaba estar lejos de su tierra y enterarse, además, de la terrible situación que vivía su pueblo a manos del cáncer fascista.

La revancha con el Racing de París fue otro éxito, ganando por 5 a 2. Los partidos siguientes en Francia fueron otras tantas actuaciones triunfales. En Toulouse, en su tercer partido con el Racing empató a dos tantos. Europa entera se interesa por este equipo sensacional, además de admirarse por la labor humanitaria que desarrollaban para con su pueblo: Jóvenes de un país en guerra, dando patadas al balón para dar pan a los niños y compatriotas exiliados.

Tras las sendas actuaciones ofrecidas en Francia, el equipo encabezado por “Perico” Vallana recibe ofrecimientos en Checoslovaquia, Polonia y Rusia para disputar partidos y recaudar fondos. Así, y con toda la ilusión, partieron en su periplo por Europa del Este, siendo su primera parada la hermosa ciudad de Praga, donde se enfrentaría a la Selección de Checoslovaquia y a un combinado de equipos de "La Ciudad Dorada", como solía llamársele a la capital checoslovaca.

No obstante la expectativa, la admiración y el júbilo que generó el Euzkadi en Praga, el periplo por Checoslovaquia no fue cien por ciento placentero. En su primer partido ante la selección de aquel país, el combinado vasco, a pesar de demostrar gran calidad, cayó por un estrechísimo marcador de 2 a 1. Luego, y enfrentando a un surtido de los mejores futbolistas de Praga, volvió a ser derrotado, esta vez por 3 a 2. Sin embargo, esto no fue lo que más dolor le causó a la "Selección Histórica", pues una  falsa información franquista enviada a toda Europa, tildándolos de "Comunistas",  fue el hecho que les traería más de un dolor de cabeza en los días venideros.

Tras dejar Checoslovaquia, el conjunto vasco tomó rumbo a Polonia. Ahí, viajaron primeramente a Katowice, capital carbonífera del mundo, donde jugarían ante el seleccionado polaco,  al cual derrotó por un ceñido 5 a 4. La revancha, se llevaría a cabo pocos días después, pero esta vez en la capital de aquella república: Varsovia. Una vez arribados a la capital, el “mote” con que Franco había catalogado a la gira de esos verdaderos patriotas, se había regado por las calles de la “Ciudad Siempre Invencible” y llegado a oídos de la policía varsoviana, ente que les malogró su estadía en aquella ciudad y complotó para que el encuentro de revancha no se jugara.

Con la intención de mostrarle al pueblo polaco que si bien su acción tenía un trasfondo político, su misión única era la de recolectar dinero y enviárselos a sus compatriotas dispersos, de manera obligatoria,  por gran parte de Europa y Latinoamérica, el  seleccionado de Euskadi  se acercó, uno de los domingos en que estuvo en Polonia, a  una iglesia para oír la misa, como queriéndoles mostrar a sus celadores que los comunistas también comulgaban.

Recibimiento del Euskadi a su llegada a Moscú

Tras su triste paso por Polonia, el pequeño grupo vasco olvidó rápidamente los momentos amargos vividos en este último país y se dirigió en tren rumbo a Rusia. Allí esperaban recibir todo el apoyo de la gente, galerías repletas de gente queriendo ver su juego y apoyar su cruzada, sin embargo, jamás imaginaron que recibirían el homenaje más emocionante de todo su heroico periplo.

El recibimiento en Moscú fue grandioso. Las autoridades y el pueblo aclamaron a los vascos. Con ramos de flores, entregados por bellas muchachas rusas, la delegación fue hospedada en el Hotel Metropol, quizás el albergue más importante de toda Rusia, donde se prepararon para enfrentar su primer partido en las tierras de Iosif Stalin, frente, nada más y nada menos, que al Lokomotiv, último campeón de la Liga Soviética, al cual vencieron por un lapidario 5 a 1 en un estadio abarrotado por 90 mil espectadores.

Luego del partido vendría el momento más emotivo en esta travesía cargada de conmociones, tristezas y optimismo, pues a pocos kilómetros de la capital soviética se había instalado un campamento de refugiados vascos, el que tenía como gran particularidad el de estar compuesto íntegramente por niños. La delegación de Euskadi no perdió tiempo en ir a visitarlos y, con un gran entusiasmo, más de quinientos infantes, venidos de todos los rincones de Euzal-Herria, y que salvaguardando sus vidas del horror de la guerra, habían de marchar a las frías estepas rusas.

Aquella tarde fue memorable. Los niños pudieron ver de cerca de todos sus ídolos y deleitarlos enfrentándose a un grupo de chicos rusos que también llegó a compartir de tan memorable velada, en un entretenido partido de fútbol. Destacaron entre los impúberes dos de exquisita técnica: Paco Angulo, que con el tiempo se convertiría en médico del Athletic Club de Bilbao, y  de Ruperto Sagasti, quien, y al poco tiempo, se convertiría en uno de los punteros más insignes del Dinamo de Kiev y del Spartak de Moscú y que, posteriormente, se transformara en el director de todas las escuelas rusas de fútbol.

Posteriormente, y tras esa maravillosa sorpresa,  la delegación vasca siguió con sus compromisos a la largo y ancho de la Unión Soviética. Dos contra el Dynamo de Moscú, donde registró dos victorias. Luego se trasladó a Leningrado, donde igualó ante el Dynamo de aquella ciudad. Tras visitar la Ciudad de Lenin, también se dirigieron a Kiev, Minsk y Tiflis, ganando en todas sus presentaciones. El último partido en tierras soviéticas los enfrentó, nuevamente, ante el Spartak, cuadro con el cual tuvo su primer y único traspié en su incursión en la URSS.

Al marcharse de Moscú, una mala nueva golpeó duramente al seleccionado: la caída de Bilbao a manos de las tropas franquistas. La desesperación de saber poco y nada de sus familias, además de enterarse de la pérdida de innumerables vidas tentó al grupo a volverse a España, sin embargo el Gobierno Vasco les rogó que siguieran dando patadas al balón, para poder seguir dando pan a los niños que seguían exiliados. Y aceptaron el ruego con una disciplina encomiable.

Tomaron sus maletas y vía Leningrado, se dirigieron a Finlandia y desde allí a Noruega, donde disputaron algunos partidos. Tras visitar Oslo, se trasladaron a Dinamarca, donde jugarían dos partidos más, con victorias vascas inapelables. Luego de su estadía en tierras danesas, el Euzkadi se volvió a Francia, donde, y a algunos kilómetros de Paris, instalaron su residencia en el pequeño pueblo de  Barbizon.

Una vez instalados en Francia, y dejando de lado por un instante el fútbol, el Euzkadi tuvo tiempo de pensar y meditar lo que ocurría en Bilbao y en España. La guerra no tenía para cuando terminar y muchos de ellos temían por la suerte que corrían sus familias. Esta situación motivó la deserción de más de algún jugador, mientras que otros, con la convicción firme que desde lo que sabían hacer mejor podían ayudar a quienes sufrían el flagelo del conflicto que desgarraba la patria, comenzaron a analizar la arriesgada tarea de cruzar el Atlántico para seguir con la gira, pero esta vez en América.

Los directivos y jugadores del Euzkadi estudiaron con mimo y detalle el programa, países y partidos a jugar en América, a la vez que se prometían no abandonar la expedición, aún a costa de cualquier fichaje personal. Había que seguir y seguirían Solamente había una premisa: continuar. Entonces surgió dentro del equipo Euzkadi una gran solidaridad y empeño. Prueba de ello es que en América nadie se dejó deslumbrar ni atraer por tentadores fichajes, hasta que se disolvió el equipo. Es imagen de que la selección vasca fue mucho más que un equipo de fútbol.

Poco menos de un mes de arribados a Barbizon, las cartas ya estaban echadas: Partían a América. Se dirigieron al puerto El Havre y a bordo del trasatlántico Ile de France, partieron hacía Nueva York, de ahí a La Habana, posteriormente a Veracruz y finalmente a Ciudad de México, donde tenían agendado una serie de encuentros ante equipos aztecas. Allí el Euzkadi se enfrentó a cuadros de  Orizaba, Guadalajara, México e incluso a la Selección Nacional Mexicana. El palmarés no pudo ser más positivo y brillante: vencieron en los diez partidos jugados, incluido contra el combinado nacional.

Tras su victorioso paso por México, país amigo del País Vasco y de la Segunda República Española, el Euzkadi recibió un ofrecimiento ineludible: desde Sudamérica, y nada más que desde Argentina, los cinco equipos más importantes de aquel país los convidaban a enfrentarse a ellos. La fama de lo que estaban haciendo había traspasado las fronteras de Europa y se regaba a lo largo de toda América. Racing Club de Avellaneda, San Lorenzo de Almagro, River Plate, Independiente y Boca Juniors querían ver y disfrutar del maravilloso espectáculo que el Euzkadi ofrecía en cada partido.

Y había que cumplir con el compromiso sureño, acudiendo a disputar una serie que había sido selectivamente programada por los cinco grandes clubes argentinos. Pero al arribar a Buenos Aires, en medio de una extraordinaria expectación, se encontraron con la cruda realidad y desilusión, pues las maniobras maquiavélicas de personalidades españolas, impidieron la celebración de los juegos contratados. No hubo manera de jugarlos, pues los tentáculos del sistema franquista habían sido certeramente dirigidos.

José Iraragorri, Insigne Delantero Vasco
De retorno a México, el cuadro vasco hizo una escala en Chile, para desde allí embarcarse hacia tierras aztecas. Las ganas de seguir reuniendo fondos, los hicieron jugar un encuentro en Valparaíso, contraviniendo las órdenes de la Federación Nacional de Chile, que también había caído en la trama facciosa, pues el presidente de aquel combinado guardó el telegrama oficial que le impedía disputar aquel encuentro y sólo lo hizo público una vez realizado el partido. Y es que las fama del buen fútbol que mostraba el Euzkadi ya no tenía límites. Al final, el cotejo también fue ganado por los peninsulares.

Luego de que se truncaran la serie de cotejos que sostendrían en Buenos Aires debido a los comentarios malintencionados venidos desde España, el combinado  vasco regresó a México, sin embargo, antes cruzó el Mar Caribe para aterrizar en Cuba. Allí, se enfrentó al Centro Gallego de la Habana, cuadro al que doblegó por 2 goles contra cero, y, posteriormente, se midió ante la Selección Cubana de Fútbol, escuadra a la que barrió por un apabullante 6 a 0, poniendo fin a su gira por Latinoamérica.

Una vez de regreso en México un ofrecimiento imposible de rechazar les llegó de parte de las autoridades del fútbol azteca: jugar el campeonato nacional del balompié mexicano. Como un equipo más, el combinado de Euskadi pelearía palmo a palmo la corona de campeón de aquel fútbol con equipos de la talla de el América, el Real Club España, Necaxa o el poderoso Reforma, equipos que regían el deporte rey en esos años en la tierra de Pancho Villa.

La invitación fue imposible de refutar. Corría el año 1938 y en España la guerra seguía desmembrando al país. Las tropas franquistas tenían bajo su mando a tres cuartas partes del país. Bilbao y el País Vasco habían caído bajo las garras fascistas y el bando republicano concentraba sus esfuerzos de contrarrestar los ataques falangistas parapetados en Cataluña y Castilla-La Mancha. En definitiva, el futuro para la madre patria se veía más que oscuro y los españoles desperdigados por el mundo necesitaban aún más la ayuda que podía enviarles ese montón de soñadores que les permitía tener el pan cada día.

La presentación del cuadro vasco en ese campeonato fue sencillamente espectacular. Terminaron segundos tras el Asturias, contabilizando siete triunfos, un empate y cuatro derrotas, y cosechando un punto menos que el cuadro que se coronaría campeón, alzando a Isidro Lángara, Pedro Regueiro y  José Iraragorri como puntales y figuras de la competición.

Una vez concluido el campeonato, y al resolverse la cruenta guerra civil en España con el triunfo del fascismo, el cual se enquistaría por casi cuatro décadas bajo una terrible dictadura a manos de Francisco Franco, el Euskadi decide disolverse.   Los equipos argentinos seguían con interés las actuaciones de los jugadores vascos y empezaron los fichajes: Zubieta, Lángara, Emilín e Irarragorri, por San Lorenzo de Almagro; Blasco, Cilaurren, Aedo y Areso, a River Plate. Otros se calzaron las camisetas de distintos clubes mexicanos. Y algunos, como los hermanos Regueiro, se alejaron del fútbol para iniciar negocios en México. En definitiva, el místico, carismático y espectacular equipo que luchó por su patria y por su gente llegaba a su fin.

Atrás quedaban más de dos años de sufrimientos, alegrías y sacrificio. De luchar en el frente, en la retaguardia, en el mar. También en el exilio. De luchar con pocas armas, dando el pecho, con valentía y hasta con los pies. Había que seguir y se seguiría. Era una consigna clavada en hasta en la médula. En el corazón. Más que nunca, Euskadi tenía que vivir, y seguiría viviendo. Y hubo un Gobierno vasco joven y con garra, que no olvidó a nadie. Fueron los niños los primeros; fueron los ancianos y los sin techo; fueron también los que sufrían y tenían muertos. Se salvó la juventud y quedó la semilla. El grito se había dejado oír en Europa y el mundo. Sin armas ni secuestros. Sin amenazas ni rescates. Con un balón de fútbol y mucho sacrificio, el Euzkadi le mostró a todos que los sueños, el amor por el próximo, los ideales y por sobre todo el sacrificio en torno a un balón, valían más que toda la maquinaria de guerra espuria y despreciable con que Franco y sus secuaces aniquilaron su patria.


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