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martes, 28 de abril de 2020

Bozidar "Bosko" Petrovic: Cuando Los Ideales Se Hacen Carne





Lo común en un futbolista es que una vez colgados los botines su siguiente paso sea calzarse el buzo de técnico y dirigir algún equipo. Otros, seducidos por las luces y las cámaras, que desvíen sus caminos y tras un micrófono las oficien de relatores o periodistas. Los menos, que marchen a sus casas a vivir de los frutos que les significó su actuar, rememorando de cuando en cuando las glorias pasadas. Sin embargo, extraño resulta cuando su alejamiento obedece a ideales, más cuando éste ocurre temprano, teniendo todavía años y méritos para alzarse como una estrella.

Bozidar Petrovic entra en esta última categoría. Nacido el 7 de abril de 1911 en Bela Palanka, pequeña ciudad en el sureste de lo que fuera Yugoslavia, muy cerca de la frontera con Bulgaria, desde pequeño mostró habilidades con el balón pegado al pié, sin embargo, y por expresa petición de sus padres, dejó de lado la pelota -momentáneamente- y se dedicó a los estudios. Así, y con brillantes calificaciones, ingresó a estudiar derecho a la Universidad de Belgrado, el centro educativo más prestigioso de lo que en aquella época se conocía como el Reino de Yugoslavia. Allí, y junto a su ejemplar comportamiento como estudiante, floreció su veta política.

Petrović  con la camiseta del FK Vojvodina
Motivado por las injusticias que se vivían en su país, "Bosko" se sintió atraído por las ideas liberales, de justicia social y de unidad del pueblo que esgrimía Filip Filipovic, líder de político yugoslavo, y se unió al Partido Comunista de aquella nación, que permanecía en la clandestinidad, ilegalizado por la administración nacionalista que regía los destinos de aquel país balcánico.

Allí, Petrovic forjó la conciencia y el amor al prójimo que años más tarde le haría tomar la decisión más trascendente de su novel vida.Tras terminar sus estudios y graduarse de abogado, Petrovic, ávido de aprender nuevos conocimientos, se enroló en la Real Fuerza Aérea de Yugoslavia. Como cadete de la clase 16º de la escuela de pilotos del Primer Regimiento del Aire, es enviado a Novi Sad, al norte de lo que hoy es Serbia. Allí, entre instrucciones de vuelo y sesudos manuales, volvió a aparecer en su camino la pasión que durante toda la vida le había quitado el sueño: El fútbol.

El FK Vojvodina de la ciudad yugoslava de Novi Sad, le ofreció integrarse a su plantilla y "Bosko" no lo dudó. "Vieja Dama", como se le conoce al club por ser una de las instituciones más antiguas de lo que hoy es Serbia,  estaba en búsqueda de jugadores para participar del campeonato regional de aquella localidad , por lo que apenas lo supo se inscribió. Su buena técnica  y la habilidad con el balón le permitieron quedar en el equipo y ganarse de inmediato un lugar de titular en la oncena. Por ahora, la política y por sobre todo el derecho podían esperar.

Con el Vojvodina, Bozidar Petrovic comenzó  un coqueteo que se convertiría en amor al cabo de dos años. En 1934, "Bosko" se coronó campeón de la liga de Novi Sad con la camiseta "Albirroja", derrotando en la final al FK Macva Sabac. En aquella temporada, y en una presentación brillante, la "Vieja Dama" arrasó con un rivales, ostentando 10 triunfos, 1 empate y apenas una derrota. El título del torneo regional le valió el pase directo para disputar el campeonato estatal, donde también sorprendió con 4 victorias e igual número de derrotas. Con dicha cosecha, el "Firmasi" terminó en el segundo lugar del nacional, ubicándose solamente  detrás del BSK Borča.

Novi Sad estaba en éxtasis. Su club se codeaba con los mejores de Yugoslavia y entre sus figuras se alzaba Bozidar "Bosko" Petrovic, el letrado e idealista muchacho que había cambiado los libros y las consignas por darle patadas a un balón. Con 22 años, el mundo del fútbol le abría las puertas y el SK Jugoslavija, el cuadro más importante de la liga local, le ofrecía defender sus colores. Petrovic no lo pensó dos veces y aceptó la oferta de "Los Rojos".

Ya en Belgrado, las buenas nuevas volvieron a tocar su puerta. La Selección de Yugoslavia, que había sido cuarta en el Mundial de Uruguay cuatro años antes, lo nominaba para que disputara un amistoso en Paris ante la Selección de Francia, que venía de disputar la Copa del Mundo de Italia 1934. El pleito, disputado en el Estadio Parque de los Príncipes, terminó favoreciendo a los "Galos" por un estrecho 3 a 2 y "Bosko" fue reemplazado al promediar la segunda fracción, recibiendo la ovación de las 37 mil personas que repletaron el coliseo parisino.

Selección de Yugoslavia  de 1930

De regreso, se unió de lleno a los entrenamientos con el Jugoslavija, elenco que tras el receso del fútbol el año anterior, pretendía dejar atrás los casi diez años que llevaba sin ser campeón. No obstante, y aún cuando destacó entre las principales figuras del equipo, Bozidar  Petrovic no pudo alzarse con el título, conformándose con ver como el BSK Beograd se coronaba campeón, sumando apenas dos puntos más que "Los Rojos".
Sus soberbias actuaciones le significaron que el campeón -el BSK- se fijara en él y lo reclutara para la siguiente temporada. “Los Románticos”, como se le conoce al equipo belgradense, y como preparación para el torneo que comenzaría en julio, se trasladaron a Paris para animar una serie de amistosos.

En la “Ciudad de la Luz”,  Petrovic  fue invitado a probar distintos tipos de aviones, por lo que decidió terminar ahí su relación con el fútbol y mantenerse en Paris pilotando dichas naves. Y sería allí donde el destino nuevamente lo pondría en una encrucijada: en España, tropas fascistas se levantaban contra la Segunda República Española, dando inicio a una feroz Guerra Civil. "Bosko" no lo pensó dos veces y haciéndose eco de su sentimiento internacionalista y su filiación marxista, partió a ponerse a las órdenes de la Fuerza Aérea de la República Española, aprovechando su expertiz como piloto de combate.

Debido a la problemática situación que vivía España, Petrović debió ingresar al país con un pasaporte falso facilitado por una de las tantas organizaciones comunistas que allí existían. Así, arribó el día de Navidad de 1936 a dicho país, bajo el nombre del ciudadano español Fernando García.

Bandera de las Brigadas Internacionalistas
Una vez en España, fue destinado a la Escuela del Aire de Albacete para recibir un breve curso de capacitación que duró casi un mes. Tras aquello, se enrolo en el Grupo André Malraux, que llevaba el nombre del novelista y político francés que tras el inicio del conflicto consiguió movilizar bombarderos, cazas y aparatos de escolta, así como tripulación para dichas aeronaves.

Su primera misión fue la defensa costera de la Base Aérea de Manises, en las cercanías de la ciudad de Valencia, que por esos años, y debido al asedio que sufría Madrid de parte de los sublevados, las ofició de capital de la República Española. En eso se mantuvo durante varios meses hasta que el 14 de febrero de 1937 fue alcanzado por la aviación enemiga, hecho que le hizo capotar y terminar herido.

Tras un tiempo en el hospital, Petrovic fue reubicado en la Segunda Escuadrilla del Grupo 12 conocido como "Katiuskas". En dichos aviones, el ex futbolista yugoslavo llevó a cabo varias misiones, bombardeando diversos objetivos fascistas. Sin embargo, y tal como en el fútbol, cuando tomaba el balón, encaraba a los rivales y se marchaba en demanda del gol, "Bosko" necesitaba más adrenalina, por lo que le solicitó a sus superiores el entrar en combate.

Esta situación, le significó ser enviado a la Escuela de Alta Velocidad El Carmolí, ubicada en Cartagena, en la Región de Murcia. Ahí, y durante dos meses, aprendió a pilotar los modernos aviones de fabricación rusa Polikarpov I-15, conocidos durante la contienda como "Chatos". Estos aeroplanos, diseñados para el combate aéreo contra otras naves, significaron un gran apoyo para las fuerzas republicanas, debido a su maniobrabilidad y rapidez, ocasionándole numerosas bajas al bando enemigo.

Pilotos Yugoslavos en España

Una vez aprendidos todos los conocimientos necesarios, Bozidar se incorporó a la Primera Escuadrilla de "Chatos", comandada por el capitán soviético, Iván Yeriomenko, y la cual estaba compuesta, además de los dos pilotos antes mencionados, por aviadores rusos, dos estadounidenses y dos austríacos. Este escuadrón, fue enviado al frente aéreo que se encargó de la Defensa de Madrid. Allí, y enfrentándose a los aviones de la Legión Cóndor y la Aviazione Legionaria, aeronaves enviadas por Hitler y Mussolini, respectivamente, para apoyar a los sublevados, "Bosko" se destacó inmediatamente como un hábil piloto, puesto que a los pocos días de haberse unido al frente de batalla, derribó su primer avión.

Así, el 2 de junio de 1937, y sobre la Sierra de Guadarrama, cordón montañoso que cruza Madrid, Segovia y Ávila, Petrovic tumba un Fiat C.R.32, caza biplano de la Aviazione Legionaria, en el marco de la Batalla de Madrid. Producto de su buen desempeño y el de su escuadrón, fue reubicado cerca de Algete, unos kilómetros al noreste de la capital española, donde se desarrollaba la Batalla de Brunete.

Polikarpov I-15, avión pilotado por "Boško"
Fue ahí, donde "Bosko"  alcanzó su consagración como un piloto de fuste, alzándose como un “As de la Aviación” -condecoración reconocida mundialmente y que se le otorga a los pilotos que acreditaron el derribe de al menos cinco aviones- y  donde también logró la inmortalidad. En poco más de un mes de combate, el piloto, futbolista, abogado y comunista yugoslavo, abatió seis aeronaves enemigas, entre las que se encontraban un bombardero alemán Dornier Do 17, conocido como "Lápiz Volador", tres Fíat C.R.32 italianos, y un Messerschmitt Bf 109 alemán, siendo el primer piloto en la historia en derribar un avión del tipo de aquel caza alemán.

Sin embargo, la mañana del 12 de julio de 1937 Petrovic se convirtió en mito. Aquella calurosa mañana de verano en España, "Bosko" junto a otro compañero derribó un bombardero ligero alemán, Heinkel He 111. Por la tarde, y en el marco de un cruento combate aéreo sobre la localidad de Villanueva de la Cañada, ubicada a unos 30 kilómetros de Madrid, el piloto yugoslavo se apresuró en cubrir a Ivan Yeriomenko, capitán de su escuadrilla, y derribó otro aeroplano de la Aviazione, sin embargo, dicha maniobra le significó quedar al alcance del avión sublevado al mando de Miguel García Pardo, quien lo derribó. El Polikarpov I-15 de Petrovic se estrelló, muriendo instantáneamente a un par de meses de haber cumplido los 26 años.

El joven estudiante que se había erigido como un gran abogado. El amante del fútbol que tocó la gloria con el  FK Vojvodina y la Selección Yugoslava. El idealista que había luchado por los derechos de los más indefensos. El piloto internacionalista que acudió al llamado de una patria amenazada por el fascismo, terminaba su vida defendiendo sus ideales. La llama furibunda de su extraordinaria vida se extinguía, sin embargo su fulgor no se apagaba.

El ejemplo magnánimo de su lucha se regaba por España, por su patria, por el mundo y por la memoria de todos los que creemos y queremos una sociedad más justa, más igualitaria y más bella. Y así lo entendieron en innumerables partes, sin embargo,  tuvieron que pasar años para que la proeza del oriundo de Bela Palanka se conociera a lo largo y ancho del orbe, y fuese reconocida.

Estadio del Partizan de Belgrado
El secretismo con que trató todo lo que oliera a Republicano, bando finalmente derrotado por Franco y sus esbirros, demoró en que el arrojo de aquel joven se difundiera, pero ni siquiera aquello fue suficiente. A 22 años de su sacrificio, el 23 de mayo de 1959, la Asociación de Fútbol de Yugoslavia colocó una placa conmemorativa en su honor en el Estadio del Club Partizan de Belgrado, reducto donde por muchos años disputó sus encuentros de local el seleccionado yugoslavo.

Asimismo, el gobierno de Jozip Broz Tito, Primer Ministro de Yugoslavia, instauró que en las ciudades de BelgradoNovi Sad e Ivanjica, ciudad natal de sus padres, sendas calles llevaran su nombre para que su ejemplo y su nombre jamás fuesen olvidados.

Finalmente, tras el advenimiento de la democracia en España, y a casi setenta años de iniciado el conflicto, el Congreso de los Diputados de aquella nación decidió otorgarle a los Brigadistas Internacionalistas, entre los que se incluía Božidar “Bosko” Petrovic, la nacionalidad española por gracia, en reconocimiento a la labor y el arrojo que todos ellos tuvieron para defender una nación que les era ajena, pero que defendieron con ahínco y vehemencia, como si les perteneciera.

Hoy, los restos de "Bosko", al igual que los de tantos otros "Internacionalistas", descansan en una fosa común en las inmediaciones de Brunete, pues las tibias leyes españolas han impedido que, de manera certera y diligente, se puedan reabrir, exhumar y reconocer a quienes ahí se encuentran sepultados, para darles un digno, honroso y respetable enterramiento.
Aviadores Republicanos 


lunes, 10 de diciembre de 2012

El Pasado Franquista de Unión Española





Con seis títulos a cuesta, Unión Española es uno de los clubes más importantes e históricos del fútbol chileno. Con tradición en buen fútbol, la camiseta “Roja” ha sido defendida por ilustres futbolistas nacionales como Alberto “Tito” Fouillioux, Atilio Cremaschi, Hugo Rubio o Francisco “Chamaco” Valdés, así como extranjeros que han dejado una huella en nuestros pastos, entre los que se encuentran Eladio Zárate, Jorge Américo Spedaletti o José María Buljubasich, por nombrar algunos.

Notables han sido muchos de sus títulos, como por ejemplo del 51’, cuando tras terminar el año empatados con Audax Italiano -su más enconado rival-, y en definición infartante, lo derrotó por la cuenta mínima con gol de Mario Lorca. O el del 73’, cuando apenas perdió un partido y le sacó siete puntos de ventaja a Colo Colo, su más cercano perseguidor, y que aquel año había sido finalista de la Copa Libertadores de América.

Tras la cordillera, los “Hispanos” también han tenido memorables presentaciones, siendo la más destacada, la final de la Libertadores disputada en 1975, cuando terminó como subcampeón continental, luego de definir en tres encuentros el torneo ante Independiente de Avellaneda.

Sin embargo, hay otra parte en la historia del cuadro “Rojo” un poco más oculta y que se contrapone a esa que hace que a la mayoría de los futboleros les resulte entrañable, querible, el equipo al cual todos adheriríamos si no vibráramos con los colores de alguno de los denominados grandes. Pero tras esas páginas de buen fútbol, de las tardes familiares  y de disfrute que ofrece el Santa Laura, se esconde una memoria que muchos ni siquiera conocen y, tras enterarse, no se enorgullecerán.

Plantel Estelar de Unión Española en 1937

Nacido al alero del Centro Español en 1897, el elenco como se conoce hoy en día, surgió tras la fusión de las instituciones  brotadas de dos asociaciones de inmigrantes españoles: el Centro Español de Instrucción y Recreación, y la Unión Deportiva Española, ocurrida los primeros días de diciembre de 1935.

Por aquellas fechas, España vivía momentos de tensa convulsión. Al Gobierno había llegado hacia algunos años el Frente Popular, coalición conformada por Comunistas, Socialistas y Sindicalistas. La situación se había polarizado a tal extremo que las desavenencias ocurridas al otro lado del Atlántico, habían traspasado dicha barrera y se habían asentado aquí en Chile también.

Las disputas se transformaron en pan de cada día en los círculos que aglutinaban a los españoles avecindados en Chile, situación que se vio aún más profundizada, cuando en España tropas del Ejército, comandadas por el general Francisco Franco y apoyadas por diversos grupos políticos que iban desde nacionalistas, pasando por la Iglesia Católica,  y hasta grupos fascistas, se levantaron en armas contra el Gobierno del Frente Popular, dando inicio a la cruenta Guerra Civil.

Rápidamente, la mayoría de los inmigrantes que simpatizaban con Unión Española adscribieron a los postulados de quienes se habían sublevado en la Madre Patria. El hecho se sustenta en que la mayoría de aquellos habían forjado un buen pasar en el país y se codeaban con las clases dominantes de nuestro país, todas, obviamente, contrarias a los ideales liberales, progresistas y de justicia social que elevaban los Republicanos.

Como punto a parte, hay que mencionar que , y en total contraposición con lo que ocurrió con Unión Española,  el Club Deportivo Social y Cultural Iberia, elenco de raigambre popular, compuesto por inmigrantes españoles empobrecidos y proletarios que suscribían las ideas que en España estaban siendo aplastadas, se identificó plenamente con la Segunda República Española que la camiseta azul-grana de los “Cuervos” fue adoptada en honor a los colores del Fútbol Club Barcelona, escuadra símbolo de la “Ciudad Condal”, último bastión Republicano en ser derrotado por las tropas de Franco.

Pero volviendo al tema que nos convoca, fue tanta fue la identificación con Franco de parte de las autoridades de Unión Española, que en abril de 1939, y tras establecerse la administración franquista en España, se llevó a cabo una celebración en el Estadio Santa Laura, a modo de festejo por la victoria Nacionalista. Esa misma situación se replicó también en el reducto de Plaza Chacabuco el 18 de Julio de ese mismo año, con el objeto de celebrar el "Día del Alzamiento Nacional", fecha que conmemoraba la rebelión iniciada tres años antes por tropas fascistas lideradas por el "Generalísimo". En aquellas ocasiones, los asistentes embanderaron con la enseña ibérica el coliseo y ofrecieron recepciones y bailes en honor a los sublevados.

Francisco Franco, Dictador Fascista Español
Tanta fue la polarización que se vivió aquí, que las pugnas sobrepasaron el ámbito propio de la colonia hispana en el país. En medio de la Guerra Civil Española, asumió como Presidente de la República de Chile, Pedro Aguirre Cerda, militante del Partido Radical que llegó al Gobierno como el candidato del Frente Popular,  mixtura prácticamente igual que la que había llegado al poder en España y que ahora se veía envuelta en un enfrentamiento bélico.

Esta situación desembocó en que simpatizantes del FRAP se enfrascaran en disputas con hinchas de Unión Española, hechos que tuvieron como momento de mayor efervescencia el año 1939, misma data en que los Nacionalistas se hacían con el poder en España.

Según consta en periódicos de la época, durante los partidos que animaba Unión Española el espectáculo no estaba en la cancha, sino en las gradas. Y sí, pues a las desastrosas presentaciones que ofrecía el elenco “Rojo” se le unían las trifulcas que animaban los hinchas que adscribían a los equipos que enfrentaban a los “Hispanos”. Así, los insultos, las pifias y hasta las agresiones eran pan de cada día, identificando al club aquí en Chile, con el avance franquista en la Madre Patria.

A tanta llegó la presión, que en el campeonato del 39', y ante la animadversión que generaba en el público, Unión Española decidió jugar sus partidos bajo el nombre de Central, a manera de evitar los resquemores y las críticas. El primer partido debió enfrentarlo ante Colo Colo, elenco que lo derrotó inapelablemente por 4 a 2. No obstante, lo que más llamó la atención de aquel cotejo no fue el resultado, sino el comportamiento de los jugadores y, por sobretodo, el de la fanaticada, la que al igual que los partidos anteriores, se deshizo en silbatinas, abucheos y reproches a los "Rojos".

La situación, tanto para dirigentes, como para jugadores, se volvió insostenible,  por lo que los mandamases “Hispanos” decidieron, y a modo de resguardar la integridad de sus jugadores y simpatizantes, retirarse de toda competencia deportiva que se llevase a cabo el año 1939, aduciendo que "la determinación se había tomado en vista de que se le quería asignar a la Unión Española un carácter político del que carece por completo, pues se limita única y exclusivamente a una labor deportiva, ajena a cuanto se aparte de este aspecto”.

La situación decantó al año siguiente. La Segunda República había sido aplastada por completo y Francisco Franco gobernaba a sus anchas, por lo que ni las burlas y protestas  tendrían mucho efecto. Unión volvía al ruedo, pero con una merma considerable en lo que a fútbol se refiere, puesto que sus máximas figuras, y ante el receso autoimpuesto, se habían alejado del club, recalando en las demás instituciones que componían el balompié criolllo.
Escudo de la Unión Española, basado en el Águila de San Juan

No obstante, los coqueteos con la Dictadura de Franco no concluyeron ahí. Según informaciones aparecidas en páginas del propio club,  a mediados de la década del 40’, y cuando el “Generalísimo” ya gobernaba a sus anchas en España,  los dirigentes del elenco “Hispano” decidieron crear un escudo que fuera exhibido con orgullo en las camisetas del club y que se convirtiera en estandarte de la institución.

La efigie escogida: el Águila de San Juan, figura asociada al evangelista, que había sido utilizada por los Reyes Católicos dentro de su escudo de armas y que fue rescatada del olvido por Francisco Franco, quien intentó a través de aquel símbolo, ensalzar los valores patrios y el nacionalismo español.

Ante las críticas, la dirigencia “Hispana” aseguró que la utilización de aquel emblema obedecía, ni más ni menos, que a la motivación de mantenerse a tono con la simbología del régimen que en esa época se vivía en la Madre Patria. Un guiño abierto a la administración franquista, y que con el correr del tiempo se iría olvidando hasta desaparecer casi por completo de la memoria futbolística del país.

Elenco de Unión Española de mediados del 40'. Ya se puede apreciar el escudo en la camiseta del arquero.

sábado, 8 de diciembre de 2012

El Euskadi, La Selección Vasca que Desafió a Franco




Corría 1937 y el levantamiento fascista contra la Segunda República Española se asentaba a punta de sangre y fuego por toda la península. La situación era funesta: más de la mitad de España estaba en manos de los alzados, la muerte reinaba en todas partes,  y el hambre junto a  la escasez de alimento coronaban un panorama aciago para el pueblo digno.

Nada ni nadie se salvaba del azote criminal de Franco y  de sus repugnantes socorros  mandados por Hitler y Mussolini. Así, y ante tanta crueldad, el novel Gobierno Vasco, encabezado por José Antonio Aguirre, y fiel a la República, decidió poner a salvo de la barbarie a miles de niños, víctimas inocentes del conflicto. Apoyados por gobiernos extranjeros, miles de infantes -se estima que más de 30 mil- se embarcaron rumbo a destinos tan disímiles, tales como Francia, Bélgica, Inglaterra, Rusia, Dinamarca o México.

Unido a esto, y con la intención de generar ayuda económica para los propios pequeños, el mismo Aguirre meditó la idea de enviar por el mundo a lo mejor del fútbol de Euskadi, reuniendo a los más excelsos jugadores de toda la región. Sin embargo, y a poco andar de la idea, se decidió reclutar a los valores que alguna vez hubiesen vestido y sentido los colores del Athletic Club de Bilbao, por considerar a este club como el mayor y mejor exponente del fútbol vasco.

Isidro Lángara, máxima figura del Euskadi
Era finales de marzo de 1937 y se presentaron en San Mamés una plantilla de jugadores incomparable, difícil de superar en su talla humana y deportiva. Los mejores exponentes del equipo campeón de la Liga justamente el año anterior, reforzados por Luis Regueiro, que venía de sendas actuaciones por el Real Madrid; Serafín Ahedo, insignia del Betis, penúltimo campeón de España antes que se suspendiera el torneo; y de un imprescindible: Isidro Lángara, goleador en el 34', 35' y 36', defendiendo los colores del Real Oviedo, y quien, cuando estalló el conflicto, no dudó en tomar las armas para defender al Frente Popular, enrolándose en el bando republicano.

El ilustre conjunto estaba encabezado por Pedro “Perico” Vallana, jugador a esa época retirado y que ostenta el rótulo aún de ser el único futbolista español en haber participado en tres Juegos Olímpicos, quien las ofició como el director técnico del equipo, quien, además de adiestrar a sus discípulos, debió de encargarse de confeccionar el uniforme que ocuparía dicha selección, además de Ricardo Irezabal, vicepresidente de la Federación Española y Manuel de la Sota, presidente del Athletic, y al que el Gobierno vasco encomendó la tutela de la expedición.

Con pocas "pilchas", pero con un corazón henchido por saber que lo que hacían trascendería en la historia y, por sobre todo, que su ejemplo empequeñecía aún más la repugnante actuación de los fascistas, los 23 héroes partieron a París, lugar donde comenzaría una de las odiseas más dignas de que tenga cuenta la historia del balompié a nivel mundial.

El sábado 24 de abril de 1937, la Selección de Euzkadi arriba a la estación de tren París-Austerlitz, en la capital gala, siendo recibidos por Rafael Picabea, diputado por Guipúzcoa y delegado del Gobierno Vasco. El tiempo corría rápido y los refugiados vascos alrededor del mundo tampoco podían esperar. En la jornada siguiente, jugarían el primer partido de la gira ante el Racing de Paris, sin embargo, toda la delegación insistió en visitar la Tumba del Soldado Desconocido, ubicada bajo el Arco del Triunfo, que representa a todos los soldados fallecidos durante el transcurso de la Primera Guerra Mundial, y depositaron allí la Ikurriña, la célebre bandera tricolor vasca.

A la jornada siguiente, y como estaba presupuestado, el Euskadi, como comenzaron a llamarle a dicha selección,  y nada más que en el Estadio Parque de los Príncipes, tendría su primer apretón ante el Racing Club de Francia, último campeón del torneo galo, y que se vio reforzado con lo mejor del fútbol francés. Pero, y ni siquiera los socorros futbolísticos venidos desde toda Francia, fueron suficiente para que los locales pudieran hacerle frente a los vascos, pues, y con una inapelable actuación de Isidro Lángara, quien marcó los goles del encuentro, el Euzkadi se impuso por 3 a 0, cosechando sus primeros aplausos.

La algarabía aún no abandonaba al ilustre conjunto vasco, cuando, a la mañana siguiente, las radios de toda Europa, a excepción, por cierto, de las emisoras franquistas en España, emitían la trágica noticia de que la Legión Cóndor, encabezada por el general nazi al servicio de Franco, Wolfram von Richthofen, bombardeaba la emblemática ciudad de Guernica, enclavada en el corazón del País Vasco y considerada su capital cultural e histórica, quitándole la vida a más de 300 civiles.

Dicha aberración caló hondo en la legación vasca, sin embargo  y como homenaje a las víctimas de aquel episodio, se juramentaron ganar su próximo encuentro. Y así fue. Con una mágica demostración de fútbol, el Euzkadi barrió con el Olympique de Marsella, derrotándolo por 5 a 1, y reduciendo en parte el dolor que les significaba estar lejos de su tierra y enterarse, además, de la terrible situación que vivía su pueblo a manos del cáncer fascista.

La revancha con el Racing de París fue otro éxito, ganando por 5 a 2. Los partidos siguientes en Francia fueron otras tantas actuaciones triunfales. En Toulouse, en su tercer partido con el Racing empató a dos tantos. Europa entera se interesa por este equipo sensacional, además de admirarse por la labor humanitaria que desarrollaban para con su pueblo: Jóvenes de un país en guerra, dando patadas al balón para dar pan a los niños y compatriotas exiliados.

Tras las sendas actuaciones ofrecidas en Francia, el equipo encabezado por “Perico” Vallana recibe ofrecimientos en Checoslovaquia, Polonia y Rusia para disputar partidos y recaudar fondos. Así, y con toda la ilusión, partieron en su periplo por Europa del Este, siendo su primera parada la hermosa ciudad de Praga, donde se enfrentaría a la Selección de Checoslovaquia y a un combinado de equipos de "La Ciudad Dorada", como solía llamársele a la capital checoslovaca.

No obstante la expectativa, la admiración y el júbilo que generó el Euzkadi en Praga, el periplo por Checoslovaquia no fue cien por ciento placentero. En su primer partido ante la selección de aquel país, el combinado vasco, a pesar de demostrar gran calidad, cayó por un estrechísimo marcador de 2 a 1. Luego, y enfrentando a un surtido de los mejores futbolistas de Praga, volvió a ser derrotado, esta vez por 3 a 2. Sin embargo, esto no fue lo que más dolor le causó a la "Selección Histórica", pues una  falsa información franquista enviada a toda Europa, tildándolos de "Comunistas",  fue el hecho que les traería más de un dolor de cabeza en los días venideros.

Tras dejar Checoslovaquia, el conjunto vasco tomó rumbo a Polonia. Ahí, viajaron primeramente a Katowice, capital carbonífera del mundo, donde jugarían ante el seleccionado polaco,  al cual derrotó por un ceñido 5 a 4. La revancha, se llevaría a cabo pocos días después, pero esta vez en la capital de aquella república: Varsovia. Una vez arribados a la capital, el “mote” con que Franco había catalogado a la gira de esos verdaderos patriotas, se había regado por las calles de la “Ciudad Siempre Invencible” y llegado a oídos de la policía varsoviana, ente que les malogró su estadía en aquella ciudad y complotó para que el encuentro de revancha no se jugara.

Con la intención de mostrarle al pueblo polaco que si bien su acción tenía un trasfondo político, su misión única era la de recolectar dinero y enviárselos a sus compatriotas dispersos, de manera obligatoria,  por gran parte de Europa y Latinoamérica, el  seleccionado de Euskadi  se acercó, uno de los domingos en que estuvo en Polonia, a  una iglesia para oír la misa, como queriéndoles mostrar a sus celadores que los comunistas también comulgaban.

Recibimiento del Euskadi a su llegada a Moscú

Tras su triste paso por Polonia, el pequeño grupo vasco olvidó rápidamente los momentos amargos vividos en este último país y se dirigió en tren rumbo a Rusia. Allí esperaban recibir todo el apoyo de la gente, galerías repletas de gente queriendo ver su juego y apoyar su cruzada, sin embargo, jamás imaginaron que recibirían el homenaje más emocionante de todo su heroico periplo.

El recibimiento en Moscú fue grandioso. Las autoridades y el pueblo aclamaron a los vascos. Con ramos de flores, entregados por bellas muchachas rusas, la delegación fue hospedada en el Hotel Metropol, quizás el albergue más importante de toda Rusia, donde se prepararon para enfrentar su primer partido en las tierras de Iosif Stalin, frente, nada más y nada menos, que al Lokomotiv, último campeón de la Liga Soviética, al cual vencieron por un lapidario 5 a 1 en un estadio abarrotado por 90 mil espectadores.

Luego del partido vendría el momento más emotivo en esta travesía cargada de conmociones, tristezas y optimismo, pues a pocos kilómetros de la capital soviética se había instalado un campamento de refugiados vascos, el que tenía como gran particularidad el de estar compuesto íntegramente por niños. La delegación de Euskadi no perdió tiempo en ir a visitarlos y, con un gran entusiasmo, más de quinientos infantes, venidos de todos los rincones de Euzal-Herria, y que salvaguardando sus vidas del horror de la guerra, habían de marchar a las frías estepas rusas.

Aquella tarde fue memorable. Los niños pudieron ver de cerca de todos sus ídolos y deleitarlos enfrentándose a un grupo de chicos rusos que también llegó a compartir de tan memorable velada, en un entretenido partido de fútbol. Destacaron entre los impúberes dos de exquisita técnica: Paco Angulo, que con el tiempo se convertiría en médico del Athletic Club de Bilbao, y  de Ruperto Sagasti, quien, y al poco tiempo, se convertiría en uno de los punteros más insignes del Dinamo de Kiev y del Spartak de Moscú y que, posteriormente, se transformara en el director de todas las escuelas rusas de fútbol.

Posteriormente, y tras esa maravillosa sorpresa,  la delegación vasca siguió con sus compromisos a la largo y ancho de la Unión Soviética. Dos contra el Dynamo de Moscú, donde registró dos victorias. Luego se trasladó a Leningrado, donde igualó ante el Dynamo de aquella ciudad. Tras visitar la Ciudad de Lenin, también se dirigieron a Kiev, Minsk y Tiflis, ganando en todas sus presentaciones. El último partido en tierras soviéticas los enfrentó, nuevamente, ante el Spartak, cuadro con el cual tuvo su primer y único traspié en su incursión en la URSS.

Al marcharse de Moscú, una mala nueva golpeó duramente al seleccionado: la caída de Bilbao a manos de las tropas franquistas. La desesperación de saber poco y nada de sus familias, además de enterarse de la pérdida de innumerables vidas tentó al grupo a volverse a España, sin embargo el Gobierno Vasco les rogó que siguieran dando patadas al balón, para poder seguir dando pan a los niños que seguían exiliados. Y aceptaron el ruego con una disciplina encomiable.

Tomaron sus maletas y vía Leningrado, se dirigieron a Finlandia y desde allí a Noruega, donde disputaron algunos partidos. Tras visitar Oslo, se trasladaron a Dinamarca, donde jugarían dos partidos más, con victorias vascas inapelables. Luego de su estadía en tierras danesas, el Euzkadi se volvió a Francia, donde, y a algunos kilómetros de Paris, instalaron su residencia en el pequeño pueblo de  Barbizon.

Una vez instalados en Francia, y dejando de lado por un instante el fútbol, el Euzkadi tuvo tiempo de pensar y meditar lo que ocurría en Bilbao y en España. La guerra no tenía para cuando terminar y muchos de ellos temían por la suerte que corrían sus familias. Esta situación motivó la deserción de más de algún jugador, mientras que otros, con la convicción firme que desde lo que sabían hacer mejor podían ayudar a quienes sufrían el flagelo del conflicto que desgarraba la patria, comenzaron a analizar la arriesgada tarea de cruzar el Atlántico para seguir con la gira, pero esta vez en América.

Los directivos y jugadores del Euzkadi estudiaron con mimo y detalle el programa, países y partidos a jugar en América, a la vez que se prometían no abandonar la expedición, aún a costa de cualquier fichaje personal. Había que seguir y seguirían Solamente había una premisa: continuar. Entonces surgió dentro del equipo Euzkadi una gran solidaridad y empeño. Prueba de ello es que en América nadie se dejó deslumbrar ni atraer por tentadores fichajes, hasta que se disolvió el equipo. Es imagen de que la selección vasca fue mucho más que un equipo de fútbol.

Poco menos de un mes de arribados a Barbizon, las cartas ya estaban echadas: Partían a América. Se dirigieron al puerto El Havre y a bordo del trasatlántico Ile de France, partieron hacía Nueva York, de ahí a La Habana, posteriormente a Veracruz y finalmente a Ciudad de México, donde tenían agendado una serie de encuentros ante equipos aztecas. Allí el Euzkadi se enfrentó a cuadros de  Orizaba, Guadalajara, México e incluso a la Selección Nacional Mexicana. El palmarés no pudo ser más positivo y brillante: vencieron en los diez partidos jugados, incluido contra el combinado nacional.

Tras su victorioso paso por México, país amigo del País Vasco y de la Segunda República Española, el Euzkadi recibió un ofrecimiento ineludible: desde Sudamérica, y nada más que desde Argentina, los cinco equipos más importantes de aquel país los convidaban a enfrentarse a ellos. La fama de lo que estaban haciendo había traspasado las fronteras de Europa y se regaba a lo largo de toda América. Racing Club de Avellaneda, San Lorenzo de Almagro, River Plate, Independiente y Boca Juniors querían ver y disfrutar del maravilloso espectáculo que el Euzkadi ofrecía en cada partido.

Y había que cumplir con el compromiso sureño, acudiendo a disputar una serie que había sido selectivamente programada por los cinco grandes clubes argentinos. Pero al arribar a Buenos Aires, en medio de una extraordinaria expectación, se encontraron con la cruda realidad y desilusión, pues las maniobras maquiavélicas de personalidades españolas, impidieron la celebración de los juegos contratados. No hubo manera de jugarlos, pues los tentáculos del sistema franquista habían sido certeramente dirigidos.

José Iraragorri, Insigne Delantero Vasco
De retorno a México, el cuadro vasco hizo una escala en Chile, para desde allí embarcarse hacia tierras aztecas. Las ganas de seguir reuniendo fondos, los hicieron jugar un encuentro en Valparaíso, contraviniendo las órdenes de la Federación Nacional de Chile, que también había caído en la trama facciosa, pues el presidente de aquel combinado guardó el telegrama oficial que le impedía disputar aquel encuentro y sólo lo hizo público una vez realizado el partido. Y es que las fama del buen fútbol que mostraba el Euzkadi ya no tenía límites. Al final, el cotejo también fue ganado por los peninsulares.

Luego de que se truncaran la serie de cotejos que sostendrían en Buenos Aires debido a los comentarios malintencionados venidos desde España, el combinado  vasco regresó a México, sin embargo, antes cruzó el Mar Caribe para aterrizar en Cuba. Allí, se enfrentó al Centro Gallego de la Habana, cuadro al que doblegó por 2 goles contra cero, y, posteriormente, se midió ante la Selección Cubana de Fútbol, escuadra a la que barrió por un apabullante 6 a 0, poniendo fin a su gira por Latinoamérica.

Una vez de regreso en México un ofrecimiento imposible de rechazar les llegó de parte de las autoridades del fútbol azteca: jugar el campeonato nacional del balompié mexicano. Como un equipo más, el combinado de Euskadi pelearía palmo a palmo la corona de campeón de aquel fútbol con equipos de la talla de el América, el Real Club España, Necaxa o el poderoso Reforma, equipos que regían el deporte rey en esos años en la tierra de Pancho Villa.

La invitación fue imposible de refutar. Corría el año 1938 y en España la guerra seguía desmembrando al país. Las tropas franquistas tenían bajo su mando a tres cuartas partes del país. Bilbao y el País Vasco habían caído bajo las garras fascistas y el bando republicano concentraba sus esfuerzos de contrarrestar los ataques falangistas parapetados en Cataluña y Castilla-La Mancha. En definitiva, el futuro para la madre patria se veía más que oscuro y los españoles desperdigados por el mundo necesitaban aún más la ayuda que podía enviarles ese montón de soñadores que les permitía tener el pan cada día.

La presentación del cuadro vasco en ese campeonato fue sencillamente espectacular. Terminaron segundos tras el Asturias, contabilizando siete triunfos, un empate y cuatro derrotas, y cosechando un punto menos que el cuadro que se coronaría campeón, alzando a Isidro Lángara, Pedro Regueiro y  José Iraragorri como puntales y figuras de la competición.

Una vez concluido el campeonato, y al resolverse la cruenta guerra civil en España con el triunfo del fascismo, el cual se enquistaría por casi cuatro décadas bajo una terrible dictadura a manos de Francisco Franco, el Euskadi decide disolverse.   Los equipos argentinos seguían con interés las actuaciones de los jugadores vascos y empezaron los fichajes: Zubieta, Lángara, Emilín e Irarragorri, por San Lorenzo de Almagro; Blasco, Cilaurren, Aedo y Areso, a River Plate. Otros se calzaron las camisetas de distintos clubes mexicanos. Y algunos, como los hermanos Regueiro, se alejaron del fútbol para iniciar negocios en México. En definitiva, el místico, carismático y espectacular equipo que luchó por su patria y por su gente llegaba a su fin.

Atrás quedaban más de dos años de sufrimientos, alegrías y sacrificio. De luchar en el frente, en la retaguardia, en el mar. También en el exilio. De luchar con pocas armas, dando el pecho, con valentía y hasta con los pies. Había que seguir y se seguiría. Era una consigna clavada en hasta en la médula. En el corazón. Más que nunca, Euskadi tenía que vivir, y seguiría viviendo. Y hubo un Gobierno vasco joven y con garra, que no olvidó a nadie. Fueron los niños los primeros; fueron los ancianos y los sin techo; fueron también los que sufrían y tenían muertos. Se salvó la juventud y quedó la semilla. El grito se había dejado oír en Europa y el mundo. Sin armas ni secuestros. Sin amenazas ni rescates. Con un balón de fútbol y mucho sacrificio, el Euzkadi le mostró a todos que los sueños, el amor por el próximo, los ideales y por sobre todo el sacrificio en torno a un balón, valían más que toda la maquinaria de guerra espuria y despreciable con que Franco y sus secuaces aniquilaron su patria.