lunes, 6 de julio de 2020

Bill Shankly: Alma Eterna del Liverpool (Primer Capítulo)




El chiche futbolístico del último tiempo, sin dudas, ha sido el Liverpool FC. Pellizcó la Champions League el 2018, la ganó prácticamente sin contratiempos el año recién pasado, consiguiendo su sexta “orejona”; y, hace sólo un par de días, quedándose con el título de la Premier League, luego de treinta años sin saber de éxitos en la máxima división del fútbol inglés. 


Artífice de esta seguidilla de éxitos es, sin lugar a dudas, Jürgen Klopp, el singular técnico germano, que, luego de cuatro años de cansarse de ganarlo todo en Alemania con el Borussia Dortmund, aceptó el desafío de devolverle la gloria extraviada a los “Reds”, reviviendo el ADN de Anfield a punta de presión alta, transiciones rápidas, intensidad, sacrificio y un despliegue físico envidiable.

Sin dudas, “Kloppo” ocupará un sitial importante en la historia dorada del club, seguirá escribiendo capítulos ilustres en la banca del club de Merseyside, atiborrando, probablemente, las vitrinas de Anfield con laureles y coronas, sin embargo, faltarán años, copas y, sobre todo, mística para igualar el espacio que, hasta el día de hoy, ocupa BILL SHANKLY, el escocés “que hizo feliz a la gente”.

William Shankly, nació  en 1913 en Glenbuck, un bucólico, diminuto y perdido caserío escocés, ubicado unos 40 kilómetros al sur de Glasgow, la ciudad más importante de Escocia, siendo el menor de 10 hermanos que parió el matrimonio entre Barbara y John Shankly.

El hambre y las carencias rodearon gran parte de su infancia. “El hambre es una condición que prevalece, especialmente durante los inviernos, por lo que junto a mis amigos no dudábamos en robar verduras de las granjas cercanas, pan y galletas de los negocios, o carbón de las minas”, reconocía el propio “Willie”, como lo motejaban sus cercanos, en su autobiografía “Shankly: My Story”.

Las posibilidades para un niño pobre, de un villorrio perdido entre la campiña escocesa, justo después de una cruenta guerra que había desangrado a la vieja Europa no eran muchas, por darle algo de crédito al destino. Así, no era difícil esperar que rozando la adolescencia, Bill abandonara la escuela y buscara ganarse la vida en las minas de carbón que abundaban en la zona de Ayrshire, sajando el mineral, viciando sus entrañas, pero caldeando un carácter y un brío que le permitirían hacerse con un lugar en la gloria.

Su aventura en las minas duraría poco y tras dos años tiznando sus manos con el carbón, el desempleo tocó su puerta. Cargaba apenas con veinte años y sólo le quedaba apostar todas sus fichas a una afición que le divertía y en la que mataba el poco tiempo libre que tenía mientras trabajaba en el filón: el bendito fútbol.

Sus buenas actuaciones defendiendo los colores Cronberry Eglinton, un pequeño club de
un poblado vecino a Glenbuck, en la Scottish Junior Football (una especie de liga amateur que agrupaba a equipos de las afueras de Glasgow), despertaron el interés del Carlisle United FC, un club del norte de Inglaterra que deambulaba por las divisiones postreras del balompié británico, dando inicio así a un idilio con la pelota que sería eterno.

Su primera parada en el fútbol fue un éxito, tanto así que al poco tiempo, el Preston North End FC, elenco que armaba un equipo con el que pensaba pelear el ascenso a la primera división inglesa, posó sus ojos en él, llevando su ímpetu y su coraje a Lancashire, club en el que desarrollaría todo el resto de su carrera como futbolista. Una performance tan prolífica con “The Lilywhites”, que le significó ser llamado, incluso, a la Selección de Escocia en un puñado de ocasiones.

Tras colgar los botines a mediados del 49’, “Willie” no dudó en seguir ligado al fútbol y el paso indiscutible fue calzarse el buzo de técnico, plaza que, finalmente, lo convertiría en leyenda.

Carlisle United FC fue, nuevamente, e el que le abrió las puertas para que diera sus primeros pasos como DT, cuadro donde se mantuvo hasta 1951. Tras completar un ciclo con “The Blues”, el siguiente paso fue hacerse con las riendas del Grimsby Town FC, elenco que, al igual que los de Cumbria, bregaba por hacerse con un lugar en la tercera división inglesa.

Su inicio en  “The Mariners” fue más que prometedor, con un segundo puesto en la temporada 51/52, rasguñando el ascenso, sin embargo, su buen cometido chocó de frente con la avaricia de los mandamases del club, quienes insistieron en venderle a sus principales figuras. La temporada siguiente,  “Willie” logró sortear con algo de suerte la mezquindad y poca visión de dirigencial del club, sin embargo, se tuvo que conformar con un quinto puesto. La gota que rebalsaría el vaso y empujaría a Shankly a abandonar el club vendría en la temporada 53/54, cuando la directiva de los “Town” insistió con su política indiscriminada de ventas, desarmando por completo la plantilla, hecho que terminaría con el Grimsby acabando el campeonato en la 17º posición entre 24 equipos. 

La siguiente parada fue el Workington AFC, un pequeño club del norte de Inglaterra, que apenas cargaba con poco más de tres décadas de vida, y que la temporada anterior había finalizado la temporada un par de peldaños más abajo que el Grimsby, entregándole una posibilidad cierta de desarrollar el fútbol que le gustaba a Shankly. Esto, finalmente, unido a que la nueva ciudad que le abría las puertas estaba a sólo algunos kilómetros de su Escocia natal (a unos 300 kilómetros de Glasgow) terminaron por seducir a “Willie” de hacerse cargo de la banca de los “Reds”.

Su estadía allí se extendió apenas una temporada y, nuevamente, fueron los líos con la
directiva los que motivaron salida. Si bien la performance del Workington fue más que meritoria, terminando en el octavo lugar (el mejor puesto en las tres temporadas inmediatamente anteriores había sido 20º, entre 24 participantes), el hecho de ver que los dirigentes superponían los intereses de la rama de rugby  (cuadro que se desempeñaba en la séptima división inglesa) antes que la del fútbol hizo que los pasos de Bill tomaran otros rumbos.

Esta vez, fue el Huddersfield Town AFC el que tocó su puerta. Los “Terrier” le ofrecieron hacerse cargo del equipo de reservas, función que aceptó con gusto, pues el primer equipo era dirigido por un viejo conocido: Andy Beattie, escocés de nacimiento, igual que él, y con quien había compartido equipo cuando ambos defendían la camiseta del Preston North End. Sin embargo, su estadía en el equipo b duraría muy poco.

A tres meses de que se hubiese iniciado la temporada 56/57 de la segunda división inglesa, y con el Huddersield con una campaña irregular hasta decir basta, la administración de los “Terrier”, y luego de 3 derrotas consecutivas, decidió cesar en el cargo a Beattie, echando a correr la “línea de sucesión” obvia al interior de club, entregándole la “corona” de DT del primer equipo a Bill Shankly, quien logró enmendar en algo el rumbo, rematando la liga en el duodécimo lugar y metiendo a los “albicelestes” en los octavos de final de la FA Cup. Para la temporada siguiente, la cosecha fue un poco mejor, quedándose en un expectante noveno lugar y entregándole espacio en la alineación titular a varios valores jóvenes, entre los que destacó Denis Law, histórico centrodeldntero de Escocia, que brillara con la camiseta del Manchester United un puñado de años después.

La División Two del 58/59 sería la que le abriría las puertas de la historia a “Willie”. Si bien no pudo repetir el noveno lugar de la temporada anterior, terminando decimocuartos, Shankly, y en una oda al buen fútbol, sentenció su arribo al club de Anfield Street: se jugaba la undécima fecha de la segunda división británica. Los “Terrier”, que apenas habían cosechado ocho puntos en lo que iba de campeonato, ganando sólo tres juegos, enfrentaban al Liverpool FC, un gigante dormido que llevaba cinco temporadas jugando en la B, y que buscaba afanosamente reverdecer laureles, mas el destino diría otra cosa.

Ante un Leeds Road, el estadio donde el Huddersfield hacía de local, lleno hasta las banderas, Shankly comandó un vendaval de goles con los que los “Terrier” vapulearon por 5 a 0  a los “Reds”, dejando boquiabiertos de moros a cristianos y abriéndole el apetito a los dirigentes del club de Merseyside, que irían a la carga por hacerse con sus servicios cuando terminara la temporada.

La historia, rica en alegorías y metáforas para darle un vaho más novelesco a las situaciones, cuenta que el Liverpool FC no podía enrielar una racha positiva que le permitiera soñar con el ascenso la temporada 59/60. Siete triunfos, igual número de derrotas y cinco empates era lo que exhibían los “Reds” ante de volver a toparse con el Huddersfield de Shankly, cuadro que volvió a vencerlo en el Leeds Road, esta vez por la mínima.

Tom Williams, presidente de los de Anfield a esa fecha, volvió a las orillas del Mersey con una idea fija: aquel escocés que los había avergonzado hacía un par de horas, era el hombre indicado para devolverle la gloria a su club. Cuentan que subió a su auto y condujo el mismo los 100 kilómetros que separan Liverpool de la ciudad de Huddersfield para convencer a “Willie” de calzarse el buzo de los “Reds”.

“Vengo a ofrecerle el cargo de entrenador del mejor equipo posible”, le dijo Tom Williams a un Shankly que intentaba hacerse el desentendido. “Cómo ¿Busby ha hecho las maletas?, le respondió sarcásticamente “Willie”, en referencia a Matt Busby, técnico que regía los destinos del Manchester United en aquella época, intentando distender el ambiente y condimentar con algo de jocosidad el histórico momento. La risa cómplice de ambos valió más que cualquier papel firmado. Williams Shankly se transformaba en el nuevo adiestrador del Liverpool FC y ataba su nombre para siempre con la historia de los de Anfield.

(Continuará) 




















miércoles, 24 de junio de 2020

Jorge Robledo, Una Estrella Olvidada (Capitulo Final)




La historia de Colo Colo dicta que cada torneo en que el “Cacique” participe, debe bregar por quedarse con la copa. Cualquier otro objetivo, simplemente es un fracaso. El año 58’ también partió con esa premisa para los “Albos”, quienes debían lavar las heridas de un año anterior para el olvido. Así, y con Jorge Robledo, Misael Escuti y Enríque Hormazabal a la cabeza, más la revelación de Juan Soto Mura, y las incorporaciones de Mario Ortiz, figura de Palestino el año anterior, y de Luis Hernán Álvarez (que daría que hablar un par de años más tarde), que provenía de Curicó, apostaban el todo por el todo para quedarse con un nuevo trofeo.

Tras el “Ciego” Escuti, que dijo presente en 25 de los 26 encuentros que disputó Colo Colo en el campeonato, “George” fue el embolo del “Popular”, apareciendo en 24 ocasiones (no estuvo en la oncena que igualó a un tanto ante Palestino), matriculándose con 10 goles, lo que lo alzó como el tercer artillero Colocolino, luego de Juan Soto Mura, el “Niño Gol”, que exhibió 16 dianas, y tras “Cua Cua” Hormazabal, que marcó en 13 ocasiones.

Lamentablemente para las aspiraciones albas, la lucha por el campeonato terminó ganándola Wanderers, que fue más regular en la fase definitiva del torneo. Así, a falta de 3 fechas para el final, Colo Colo llegaba con 31 puntos, dos más que los “Caturros”, sin embargo, sólo pudo abrochar un empate en los tres juegos (empate a 1 ante Rangers y caídas por 3 a 2 ante la U y 3 a 0 ante Everton -triunfo que, por esas cosas del destino, selló el campeonato para los “Porteños”-), mientras que los “Verdes”, que también comenzaron a desinflarse, lograron empatar sus últimos 3 juegos (1 a 1 ante Palestino y Unión Española y 2 a 2 ante O’Higgins), conquistando su primer torneo en el fútbol profesional.

Jorge Robledo, en tanto, fue de los más regulares en el plantel que dirigía el uruguayo

Hugo Tassara aquel año, aportando con goles claves en su férrea lucha junto a Santiago Wanderers por hacerse con el título. Excluyente fue su performance ante Everton de Viña del Mar, a los que el “Cacique” venció por 5 a 3, y donde “George” marcó en dos ocasiones, y ante Audax Italiano, en el “Clásico Criollo”, donde el artillero se anotó con los 3 goles que hizo Colo Colo en esa jornada, derrotando a los “Itálicos” por 3 a 1. Todo un repunte en el juego y la importancia de “Pancho” en los de Pedrero, teniendo en cuenta su irregular campaña el año anterior, sin embargo, el futuro le deparaba un embrollo con la dirigencia alba, líos que sólo traería damnificados.

La historia cuenta que los mandamases colocolinos decidieron, tal vez empujados por la irregular campaña del 57’ y un 58’ más brillante, pero que no se comparaba con sus primeras épocas con la camiseta blanca, tomar la decisión de oír ofertas por Jorge Robledo, quien se encontraba con el primer equipo de Colo Colo en Lima, participando de un hexagonal amistoso que los enfrentó a Flamengo, Peñarol, Universitario, Alianza Lima y River Plate, y donde los de Pedrero terminaron últimos, cosechando apenas un triunfo ante los “Íntimos”, a quienes derrotaron por 3 a 2 (Cayeron por 2 a 0 ante los “Millonarios”, 5 a 0 ante el “Manya”, 3 a 1 ante los “Crema” y 4 a 2 ante el “Mengão”)

El jugador, pensando, quizás, en que su etapa en el “Cacique” se estaba extinguiendo, aceptó también negociar las oportunidades que pudieran presentarse, resignándose a que su andar en Colo Colo se estaba acabando. Así, fueron dos las ofertas que llegaron por el “Gringo” a las oficinas de Cienfuegos 41: Huachipato y O’Higgins, propuestas que sedujeron a Robledo, toda vez que ambas instituciones tenían ligazón con empresas extranjeras que le permitían extender el vínculo con quien se decidiera, una vez que colgara los botines, sin embargo, inexplicablemente, y aún cuando contaba con el visto bueno del jugador, la dirigencia alba no aceptó ninguna de los ofrecimientos.

El reglamento de aquel año contaba con una cláusula que, a todas luces, resultaba desigual para los intereses de los jugadores, pues, de no aceptar el club las ofertas que llegasen por el futbolista y éste no estar de acuerdo con la propuesta que le presentara la institución a la que pertenecía su pase para quedarse en sus filas, el deportista quedaba automáticamente condenado a una inactividad en el profesionalismo durante dos años.

La dirigencia colocolina le hizo una última propuesta: rebajar su sueldo, pero entregarle otro, esta vez como entrenador de las divisiones menores, una proposición que subvaloraba la calidad del jugador, su trayectoria y, sobre todo, minimizaba todo lo que Jorge Robledo le había entregado, no sólo a Colo Colo, si no que también al fútbol chileno, y el “Gringo” no lo aceptaría, poniéndole punto final al romance que tanto le había dado al club.

Jorge Robledo Oliver, el anglochileno que apenas podía hablar bien el castellano y que se calzó la camiseta blanca como si la hubiese defendido toda su vida, se marchaba del “Cacique” y por la ventana. “Me habría gustado terminar en Colo Colo en perfecta armonía, porque Colo Colo tendría que ser en mi vida un recuerdo grande, sin que nada lo empañara. Si esta situación se hubiese solucionado amistosamente, creo que habría ido por todas partes con un cartel a la espalda que dijera ‘Como Colo Colo no hay’, le aseguró  a Revista Estadio el propio “George”, en una sentida entrevista que le concedió al célebre semanario deportivo.

Terminaba así, abruptamente, su paso por el “Cacique”, un amor a primera vista, que nació inmediatamente, aquel 31 de mayo del 53’, en su debut con la camiseta blanca, y que significó 3 títulos: dos torneos de Primera División y una Copa Chile; 154 partidos oficiales, ocho más que los que disputó con el Newcastle, una cosecha de 96 goles, laureles y triunfos que le permitieron alzarse como una de las principales figuras que recuerde, no sólo el Olimpo “Albo”, sino que todo el firmamento del Fútbol Chileno.

Hasta hoy, es una incógnita lo que hizo Jorge Robledo aquel año 59’, data en que estuvo

castigado por la Asociación Central de Fútbol, sin embargo, uno de los que pujó por hacerse con su fútbol cuando Colo Colo ya no lo tuvo en sus planes, volvió a la carga: O’Higgins de Rancagua, que aquel año estaba exhibiendo el mejor fútbol que su novel existencia conociera, quedándose con un expectante cuarto lugar en el Torneo de 1959 (a sólo cuatro puntos de Universidad de Chile, que se coronó como campeón), basando su juego en una delantera letal, compuesta por René Meléndez y José Benito Ríos, éste último, goleador del torneo con 22 tantos, y que entre sus logros en dicho campeonato, exhibía el haber derrotado a domicilio a la UC por la mínima, dar cuenta de la U por 2 a 0 en la “Ciudad Histórica”, y animar una guerra de goles con el “Cacique”, en un entretenido 4 a 4.

A raíz de esto, a la dirigencia del “Capo de Provincia” se le abrió el apetito y, recibiendo apoyo económico de la Mina El Teniente y de sus trabajadores, invirtió en grande con tal de pelear el campeonato. Así, aseguró a “George”, mantuvo a Ríos y Meléndez, sus emblemas del año anterior, cerró el fichaje de Gonzalo Carrasco, figura del Green Cross que estuvo a un paso de volver a primera aquel año, anunció la repatriación de Jaime Ramírez, que venía de ser parte esencial del Granada FC, jugando 25 de los 30 partidos de La Liga, marcando 3 goles; y se hizo con los servicios del defensor argentino, Federico Vairo, que había sido pieza fundamental de la zaga de River Plate.

La expectación de la ciudad de Rancagua y, sobre todo, de la prensa, era enorme. Revista Estadio motejaba a los “Celestes” como el “Real O’Higgins”, en alusión al Real Madrid, que la rompía en el “Viejo Continente”, y “El Rancagüino”, un día antes de que se iniciara el campeonato, apuntaba en grande con un ilusionado titular: “Mañana empiezan a pelear el Vice Campeonato 1960”, en alusión a la férrea disputa que tendría con  Universidad de Chile, defensor del título, y Colo Colo, que quería volver a ser campeón,  tras cuatro años de fracasos.

Lamentablemente, las aspiraciones de los rancagüinos se disiparon rápidamente: en su debut, Unión Española le bajó los humos, goleándolos a domicilio por 4 a 2, y si bien se recuperaron en sus siguientes dos cotejos (2 a 1 a Ferrobadminton y 2 a 0 a Universidad Católica), dos empates consecutivos (2 a 2 ante Wanderers y Magallanes), Colo Colo les ratificó que el 60’ no sería su año, asestándole un rotundo 4 a 0, que acabó con cualquier tipo de ilusión que aún quedaba.

Para el “Gringo”, en tanto, la situación no fue muy disímil a la que vivió O’Higgins en aquella temporada. Su debut con la camiseta celeste vino recién en la octava fecha, cuando el “Capo de Provincia” enfrentó a Santiago Morning en el Estadio Nacional. Si bien los “Celestes” cayeron por la mínima ante los “Bohemios”, Jorge Robledo fue de los pocos que destacó, convirtiendo ese partido en el único que jugara el ex Newcastle en la primera rueda.

La irregular campaña de O’Higgins, motivó que, promediando el campeonato, José Salerno, el entrenador argentino que tenían en la banca, diera un paso al costado, sucediéndolo en su puesto, Carlos Orlandelli, situación que le abrió a Robledo la posibilidad de volver a la alineación titular. Así, en la fecha 17º y ante Magallanes, volvió a ser convocado, ocupando un lugar en la oncena estelar hasta el final del campeonato.

Así, vino su “revancha” ante Colo Colo, cuando ambos clubes se enfrentaron en
Rancagua, el 16 de Octubre de 1960. En, tal vez, el mejor partido de O’Higgins en el campeonato, con Robledo y Melendez como puntales de los embates celestes que terminó empatando a 2 goles con los “Albos”, el “Gringo”, exhibiendo gallardía y elegancia, le demostró a la dirigencia del “Cacique” que cometieron un error al dejarlo partir, peleando con el alma cada pelota, pero sólo en la cancha. Una vez terminado el encuentro, se fundió en abrazos con cada uno de sus compañeros y con los que había vivido momentos de gloria, y otros no tanto, vistiendo la casquilla del “Popular”.

Para el recuerdo quedará aquel domingo 20 de Noviembre de 1960, cuando Jorge Robledo Oliver marcó su último gol en el profesionalismo. O’Higgins enfrentaba a Everton en el Estadio Braden -el predecesor reducto del que hoy conocemos como Estadio El Teniente- . Fiel a lo que había mostrado todo el año, el cuadro “Celeste” iba abajo en el marcador por 2 a 0, sin embargo, y a los 71’ minutos de partido,”George” descontaba para los “Celestes”, desatando la algarabía de los 2.723 espectadores que presenciaron el cotejo, y le ponía fin a la historia linda que construyó con la pelota y las redes.

Tras ocho partidos defendiendo la camiseta del “Capo de Provincia”, Robledo sumaba una nueva camiseta con la que gritaba gol, un grito que partía veinte años atrás, cuando despuntó marcando goles jugando a nivel escolar, con el Brampton Ellis School, fintas, lujos y dianas que le abrieron los ojos al modesto Huddersfield Town para llevarlo a sus filas, dando vida a una de las carreras más exitosas que conozca un futbolista chileno, tiñéndolo de gloria con la camiseta listada del Newcastle y volviéndolo “profeta en su tierra” con la enseña de Colo Colo.

Para las estadísticas quedara que, y como profesional, Jorge Robledo jugó 425 partidos como profesional, marcando 212 goles oficiales, 45 con el Barnsley, 82 con el Newcastle, 86 con Colo Colo y 1 con O’Higgins, levantando 5 trofeos, 2 FA Cup, 2 Torneos Nacionales y 1 Copa Chile, y se consagró como máximo goleador durante cuatro temporadas seguidas: FA Cup 51/52, con 6 goles, England First División 51/52, con 33 tantos, Torneo Nacional  1953, con 26 dianas, y el Torneo Nacional 1954, con 25 anotaciones. Sencillamente, espectacular.

La historia cuenta que el último partido como profesional de “Pancho” sería el que lo enfrentó a Palestino, un 11 de Diciembre en el Braden de Rancagua. Ahí, y en un vibrante empate a 3 goles entre “Celestes” y “Árabes”, Jorge Robledo colgaba los botines para siempre, poniendo fin a una brillante carrera. Así, el niño tímido, que pateó sus primeras pelotas en el lejano West Melton, se baño en honores en el  St.James Park y con el escudo de las “Urracas”;  se consagró como ídolo defendiendo los colores de Colo Colo, y que pasó a la historia con el celeste de O’Higgins, daba el postrero paso que lo convertía en leyenda.

Jorge Robledo Oliver, una verdadera estrella de nuestro fútbol.






miércoles, 3 de junio de 2020

Abdón Porte: La Vida Por Los Colores



Si hay un sinónimo por antonomasia al pundonor, el ímpetu y el brío futbolístico es, sin dudas, la "garra charrúa", esa particularidad única que tienen los uruguayos para anteponerse a cualquier malaventura dentro de un campo de juego, a punta de coraje.

Y sí, pues para un país con poco más de 3 millones de habitantes, enclavado en medio de dos gigantes como Brasil y Argentina, ostentar dos Oros Olímpicos, quince Copas América y dos Copas del Mundo; y ufanarse de ocho Copas Libertadores y seis Intercontinentales (el torneo que antecedió al Mundial de Clubes), es algo que, con seguridad, ningún otro fútbol del planeta puede alardear, singularidad que también ha brindado figuras superlativas que se tiñeron de gloria, tales como Juan Alberto Schiaffino, Alcides Ghigghia, Obdulio Varela, Luis Alberto Cubilla, Fernando Morena o Luis Suárez.

Una historia enlazada a fuego con la fibra, el coraje, el corazón y con los sentimientos, y que tienen como gran paradigma a Abdón Porte, multicampeón con Nacional de Montevideo, por allá, en la primeras décadas del 1900, y que optó terminar con sus días ante la imposibilidad de seguir defendiendo los colores de su amada camiseta.

Esta es su historia

Nacido en 1893, hizo sus primeras armas con la pelota en los pies en la ciudad de Durazno, urbe distante unos doscientos kilómetros al noroeste de Montevideo, donde cariñosamente lo conocían como “El Indio”.

Cuando cumplió los quince años, en 1910, se marchó junto a su familia a la capital

uruguaya, ciudad donde bullía el fútbol, que aglutinaba lo más granado del fútbol uruguayo, y el único lugar en tierras orientales donde podía desarrollar profesionalmente su afición por el balompié. Allí, Porte, y con diecisiete años a cuestas, se enroló en los registros del Colón Fútbol Club, institución enclavada en el corazón de Montevideo y que el año anterior había participado por primera vez del Campeonato Uruguayo de Primera División.

Al año siguiente, fue fichado por el desaparecido Club Libertad de Montevideo, que para esa temporada disputaría su segunda pasada en la máxima categoría del fútbol “Charrúa”,  sin embargo, la performance de su nuevo equipo no fue de las mejores, cosechando apenas 2 triunfos de los 14 que disputó, una magra siega que significó que tuvieran que perder su plaza en la liga de elite del futbol uruguayo.

No todo fue gris para “El Indio”, pues su desempeño en Libertad le valió la posibilidad de que Nacional, uno de los grandes del país, que hasta ese año ostentaba dos títulos en la máxima categoría del fútbol uruguayo, y que para la temporada de 1912 había puesto como objetivo el volver a gritar campeón, formando un equipo basado en jugadores de raigambre popular, tales como Pascual Soma, leyenda “Bolsilluda”, que además de marcar goles, trabajaba como vendedor ambulante, o Alfredo Foglino, que había arribado al “Decano”, proveniente también de Libertad, y que las oficiaba como albañil, fijara sus ojos en él y se lo llevara al Barrio La Blanqueada.

Había comenzado su idilio perpetuo con la historia de Nacional y con el corazón de todos sus hinchas.

Su primera incursión en el “Bolso”, la hizo repitiendo las actuaciones que lo habían catapultado desde Libertad a Nacional, jugando como un férreo defensa, sin embargo, y debido a su técnica, se desplaza hacia la mitad de la cancha, donde se erigiría como un torpedero de los ataques rivales y un armador elegante de los ataques del “Decano”.

Así, volvió del círculo central su feudo y ahí los rivales del Nacional no eran bienvenidos. Corpulento y fornido, su talla daba la impresión de un gigante, un titán tosco y lerdo, pero que siempre, siempre, absolutamente siempre, definía a su favor cualquier refriega, singularidad que regocijaba el alma de los hinchas “Tricolores”. Así, con cada pelota dividida en que Porte vencía, más y más se grababa a fuego en el corazón “Bolsilludo”.

No pasó, entonces, mucho tiempo para que “El Indio” se volviera un imprescindible en las alineaciones del Club Nacional y un esencial en las predilecciones del hincha del “Decano”. Así, en su primera temporada con el “Tricolor”, Porte levantó ya se preciaba de levantar dos títulos, el Campeonato Uruguayo de Fútbol 1912, el que ganaron de manera apabullante, con 12 partidos ganados y apenas un empate y una derrota; y la Copa Competencia, un torneo que enfrentaba a cuadros uruguayos, cuyo campeón se cruzaría con el ganador del mismo campeonato, pero en Argentina, para dirimir al mejor club del Río de La Plata.

Esto, le valió la posibilidad de ser convocado por Uruguay para que disputaría en Montevideo la segunda edición del Campeonato Sudamericano de Selecciones que se llevaría a cabo en 1917. Así, y tras un 1916 donde él y Nacional rozaron la perfección, con Abdón Porte confirmando su incuestionable lugar en la oncena del “Decano” y con el “Tricolor” siendo campeón invicto, sacándole doce puntos de ventaja a su más cercano perseguidor: Peñarol.

La máxima justa de selecciones sería el corolario de una carrera brillante, pues, aún cuando no tuvo la posibilidad de participar como titular, formó parte del plantel “Charrúa” que se coronó como bicampeón del torneo. Un laurel más a una exultante carrera, y que lo elevaba al selecto grupo de jugadores campeones, tanto a nivel de clubes, como a nivel de combinados. Así, y con 24 años, la gloria y el reconocimiento le tomaban la mano.

Tras la Copa América, nada volvería a ser igual para “El Indio”. Si bien seguía como titular de Nacional, para Porte el paso del tiempo no le era fútil. Sentía que ya no era el mismo que se había ganado el afecto y la adoración de la hinchada y eso era algo que para él era inaceptable. La camiseta de Nacional se defendía con coraje, con brío y con ímpetu y si las piernas flaqueaban, la afrenta al “Decano” se volvería una ignominia.

Su recelo, sin embargo, no fue impedimento para que esa temporada capitaneara al “Bolso” a quedarse con dos títulos: un nuevo Campeonato Uruguayo y una Copa de Honor, cosechando a esas alturas, nada más y nada menos, que 13 títulos a nivel uruguayo y 6 torneos internacionales, además del título de la Copa América que había levantado ese mismo año.

La vida le sonreía: era ídolo del club de sus amores. en las calles la gente lo reconocía y valoraba su esfuerzo, pero su cabeza y su corazón estaban atribulados y ahí, en los sentimientos y en la razón; los elogios, las loas, los aplausos, el éxito no tenían mayor importancia. Y su contrariedad, su pesadumbre, estarían lejos de extinguirse

En 1918, la dirigencia de Nacional cerró la contratación de Alfredo Zibechi, un recio

centrocampista defensivo, igual que Porte, y que después se convertiría en multicampeón con el “Bolso” y con la Selección Uruguaya. El “Pelado”, como conocían a Zibechi, había sido la figura excluyente del Montevideo Wanderers, por lo que su puesto en la oncena titular estaba asegurada. Era la estocada final para la atribulada cabeza de “El Indio”.

Aún cuando los dirigentes “Tricolores” le habían pedido que se mantuviera en el equipo para la siguiente temporada, pues la afición no les perdonaría dejarlo partir y, sobre todo, porque su figura era un emblema dentro del plantel, Abdón Porte sentía que su entrega ya no servía, que la vida que puso en cada balón, que el corazón que metió en cada partido en que defendió al “Bolso” ya no lo valoraban, que su lugar en Nacional ya no existía, desatando la aciaga sentencia que lo empujaría a la eternidad.

Aquella jornada, el último día terrenal de Porte, Nacional enfrentaba al Charley por la última fecha de aquella temporada. Ya habían logrado la copa, por lo que el partido ante los “Verdiblancos” suponía un mero trámite. Y así fue, hecho que motivó una celebración luego del encuentro, donde el plantel y los dirigentes celebrarían el año redondo del “Bolso”. “El Indio” también participó, pero su mente estaba en otra parte. El corazón de la cancha ya no le pertenecía. El alma del Nacional ya no sería suya y eso no podía remediarlo.

Ya entrada la noche, se despidió de sus compañeros y haciéndoles creer que regresaba a

su casa, enfiló rumbo hacia la inmortalidad. Subió a un tranvía y bajó cerca del Gran Parque Central, el estadio donde en tantas jornadas la gloria, la caprichosa, sucinta y arisca gloria, insistía con salpicarlo. Desconsolado, entró a oscuras al campo de juego y detuvo su andar en el centro del campo, el lugar que por años fue su feudo y que ahora le habían arrebatado.

No había nadie a su alrededor. Las gradas que antes, henchidas de gente, habían aplaudido sus hazañas, mudas, le volteaban la mirada, como no queriendo ver lo que vendría. Porte se inclinó, tocó el pasto por última vez, sacó un revolver que llevaba entre sus ropas, llevó el cañón de la pistola hacia el centro de su pecho y disparó. Un disparo atronador que retumbó la oscura noche, pero que nadie oyó. Era la madrugada del martes 5 de Marzo de 1918 y “El Indio” pasaba de imprescindible a leyenda, de esencial a mítico.

Cuenta la leyenda, que a la mañana siguiente, el canchero del Parque Central encontró el cuerpo sin vida de Porte y junto a él, una carta dirigida a Nacional, el amor de su vida donde se leía… “Nacional, aunque en polvo convertido y en polvo siempre amante. No olvidaré un instante lo mucho que te he querido. Adiós para siempre”, una declaración de amor póstuma, pero perenne, ulterior, pero eterna. El tímido muchacho que había llegado de Durazno y que a punta de arrojo y valentía se había ganado un lugar en el corazón “Bolsilludo”, entraba al Olimpo, al firmamento del Club Nacional.

Con su martirio, “El Indio” había resuelto la encrucijada que lo llevó a terminar con sus días: Desde el momento mismo en que la bala se incrustaba en su corazón, el centro del campo, su señorío, su propiedad, su dominio, durante tantas jornadas de victoria, se volvería suyo para siempre, pues su alma, esa con la que siempre defendió los colores de Nacional, se quedaría para la eternidad allí.



viernes, 29 de mayo de 2020

IFK Göteborg, El Último Campeón Proletario (Capítulo Final)


La vuelta fue sólo alegría. Ni bien se iniciaba el juego, cuando Holmgren tocó hacia adentro con Karlsson y éste abrió haca Corneliusson, quien, entrando pegado a la línea de banda, a la altura del área chica, se despachó un cañonazo con comba que dio en el medio del travesaño. Tras cartón, nuevamente, Tord Holmgren tomó el balón en mitad de la cancha, hizo un cambio de ritmo por el centro del campo y en la media luna del área, le cedió la pelota a Coreliusson, el que, con un pase digno de un contorsionista, se la devolvíó al internacional sueco, quien, ante la salida de Sampere, se la “cacheteó” sutilmente con la izquierda, y mandó el balón al fondo de las redes, decretando el 1 a 0 parcial, comenzando a sellar el paso de los “Kamraterna” a las semifinales.

¿El resto? Los “Ángeles” se dedicaron a manejar el resultado, jugando con la presión de los españoles por acortar las cifras. La “guinda de la torta”, la puso Stig Fredriksson, el lateral izquierdo de los locales, el que, al minuto 59’, cambió por gol una falta penal, resolviendo la llave a favor del IFK y entregándole, por primera vez en la historia, el paso a las semifinales de un campeonato de clubes europeos a un equipo sueco.

De hecho, y hasta ahí, ningún equipo nórdico (Suecia, Dinamarca, Noruega, Islandia, Finlandia), había logrado pasar de los octavos de final, por lo que la algarabía no sólo inundaba las calles de Gotemburgo, sino que también la de todo Suecia, nación que veía como la posibilidad de hacerse con la gloria que les había sido esquiva durante tanto tiempo, mas el escollo de este penúltimo peldaño no era coser y cantar. Para nada.

Al frente, se les plantaba el 1.FC Kaiserslautern, que había clasificado a la justa como el cuarto mejor equipo de la Bundesliga el año anterior, estaba peleando palmo a palmo junto al Hamburgo SV, el 1.FC Koln  y el Bayern Munich, el campeonato germano; asustaba con su tridente de ataque conformado por Hans-Peter Bruegel, Norbert Eilenfeldt y Friedhelm Funkel, y que había se había hecho un lugar entre los cuatro mejores del certamen,  eliminando al Real Madrid de José Antonio Camacho y de Carlos Alonso Gonzalez, “Santillana”, a quienes había vapuleado por 5 a 0 en Alemania.

La prensa europea, y sobre todo la germana, se sobaba las manos: en la otra llave, el Hamburgo SV se había emparejado con el FK Radnički Niš yugoslavo, un cuadro menor del fútbol balcánico, por lo que la posibilidad de una final cien por ciento alemana, tal como hace dos años, cuando el Borussia Mönchengladbach y el Eintracht Fráncfort definieron al mejor de esta misma competencia (ganaron los de Frankfurt debido al gol de visita).

El sorteo determinó que el primer partido se jugara en Alemania, en el Fritz-Walter Stadion

de Kaiserslautern, arena que estalló a sólo minutos de iniciado el encuentro, cuando el delantero de “Die Roten Tieufel” (Diablos Rojos), se pusieron en ventaja a los 9’, luego del gol del cañonero  germano, Erhard Hofeditz. Las peores pesadillas de los suecos se hacían realidad. Apenas empezado el juego, ya estaban abajo el marcador, pero este equipo estaba hecho de esfuerzo, de ganas, de empuje. Los “Obreros de Gotemburgo” no se daban por vencidos, y así, a punta de amor propio, Dan Corneliusson, el puntero izquierdo de la temida máquina que Sven-Goran Eriksson había aceitado, puso el empate final, cuando el reloj marcaba el minuto 29’ de la primera fracción.

El IFK Göteborg daba un paso gigante para hacerse con un lugar en la final. Contra todo pronóstico, toda vez que el  1.FC Kaiserslautern, salvo el primer encuentro de la copa, donde ganó por la mínima al Akademik Sofía de Bulgaria, goleó a absolutamente todos los demás rivales que se les enfrentaron en el Fritz-Walter Stadion: 4 a 0 al Spartak de Moscú, 4 a 1 al SC Lokeren de Bélgica y 5 a 0 al Real Madrid. Los “Ángeles” estaban a un pequeño paso de pelear por la gloria.

La vuelta se jugó el 21 de abril de 1982, en el Ullevi de Gotemburgo con más de 40 mil personas en las gradas, quienes presenciaron el partido más ajustado que había tenido que enfrentar el conjunto sueco en el torneo, todo debido a la impericia de los locales por concretar las oportunidades que se creaban.

Eriksson, con su “Fútbol Champán”, basaba la estrategia de los “Obreros” en un mediocampo bien poblado, con buen toque del balón y con transiciones rápidas que buscaban crearle oportunidades a una ofensiva con Torbjörn Nilsson como eje de ataque, y con Holmgren y Corneliusson como punteros incisivos. Así, y casi rasguñando el final del primer tiempo, vino el gol de los locales, cuando el reloj marcaba el minuto 42’.

La presión de los “Kamraterna” era tal que cada balón dividido encontraba a la zaga rival al menos con un par de jugadores suecos encima. De esta forma, un pelotazo hacia tres cuartos de cancha, fue pivotedo por Corneliusson. El balón fue controlado por Tommy Holmgren de espalda al arco y a   unos quince metros de la entrada del área. Con un “sudamericano” movimiento de cadera, se sacó de encima a su marcador, el que estuvo a punto de pincharle el esférico cuando iba entrando a zona de definición.

En el área, Holmgren “maradoneó” y nuevamente con sólo un movimiento corporal, descoloró a los dos defensores que le perseguían, haciéndose el espacio necesario para poder rematar sin mayor oposición, sacó un latigazo con la pierna izquierda que fue abriéndose hacia el palo derecho del portero sueco del Kaiserslautern, Ronnie Hellström, decretando el 1 a 0 parcial y el júbilo de la afición local.

La tarea estaba prácticamente lista: se había empatado en Alemania y poco antes de irse al descanso el IFK Göteborg ya estaba en ventaja. El objetivo, ahora, era jugar con el nerviosismo germano, manejar la pelota y aprovechar la rapidez de sus puntas para buscar la cabeza bendita de Nilsson que sellara su destino rumbo a la final, mas el fútbol es caprichoso y le tenía un final de infarto a los suecos, pues al minuto 57’, Reiner Geye silenció a todos los que estaban en el Ullevi, poniendo la paridad en el marcador y la incertidumbre en las gradas. Los 90’ minutos, finalmente, terminaron igualados. 1 a 1 en Alemania, 1 a 1 en Suecia. Todo se definiría en el tiempo extra en un final de infarto.

Doce minutos tuvieron que transcurrir del tiempo extra para que la bruma que se había apoderado de la definición pudiera disiparse. Nilsson recibió un sutil pase con ventaja y a la entrada del área le dio un pequeño toque, intentando acomodarse para entrarle con un zapatazo, sin embargo, apenas el balón se alejó de su pie derecho, el defensor alemán que venía en su marca, lo desplazó levemente, contacto necesario para que Törbjorn trastabillara y cayera en el corazón del área. El juez de la brega, el soviético Romualdas Yushka, no lo dudó y pitó penal. Era la oportunidad que tenían los “Kamraterna” para ponerse en ventaja y comenzar a sellar su paso a la final.

Stig Fredriksson, un lateral nacido de las entrañas del Göteborg y designado por Eriksson
para ser el dueño de los penales, tomó el balón, lo acomodó en el punto penal, miró fijamente a su compatriota, el portero sueco de los alemanes, y corre en búsqueda de la gloria. Hellström, el guardameta del  1.FC Kaiserslautern intenta desconcertarle dando unos pasos a la izquierda y, justo antes que el lateral patee, se lanza hacia la derecha, adivinándole la trayectoria, sin embargo, el balón va tan bien pateado y con tanta fuerza, que el manoteo del guardameta se vuelve estéril, el defensor nórdico había convertido el gol.

La parte final de la prorroga se marcha con “Die Roten Tieufel” en demanda del arco local, y con los locales aguantando el chaparrón. Dos minutos después de cumplido el tiempo pactado en el tiempo extra, el árbitro señalaba la mitad del campo y pitaba el final del encuentro. Por fin un equipo de Suecia se metía en una final continental. Era momento de reivindicar a la gloriosa Selección Sueca que había rasguñado la inmortalidad, pero que había sucumbido a la supremacía de Pelé y compañía, hacía poco más de veinte años. La oportunidad estaba sobre la mesa y había que aprovecharla.

Al frente estaba el Hamburgo SV, que venía animando la Bundesliga los últimos 4 años, ostentando 2 títulos en la última triada de campeonatos. Estaba a un par de puntos de levantar el bicampeonato germano, y exhibía 4 jugadores en la nómina teutona que disputaría la Copa del Mundo España 82’, donde compartiría el Grupo B de la justa, con Austria, Argelia y…Chile.

El cuadro superprofesional del Hamburgo SV frente a los semiaficionados del IFK Göteborg. El fútbol moderno frente al fútbol romántico definían la segunda parte de la gloria en Europa, había un sólo lugar en el empíreo y todo comenzaría en Gotemburgo.

La prensa local, como queriendo torcer el destino a favor de los “Kamraterna”, mostraba insistentemente en la televisión la imagen de la figura de los “Dinosaurier”, el delantero Horst Hrubesch, pieza clave del campeonato germano en la Eurocopa del año 80’, inamovible del combinado teutón que participaría un par de semanas después en el Mundial de España, y que cargaba con 5 goles en la actual Copa UEFA, pasando de un pequeño hincha que le pedía un autógrafo, en una muestra del fútbol de la fama, el ego y el dinero, tan alejado de los ideales que, sin quererlo, habían llevado al club de sus tierras a estar a un paso de tocar la gloria.

Gotemburgo acogió la primera final con un día lluvioso de principio a fin. Las nubes negras que a primeras horas del día se posaron sobre los cielos del puerto y el agua que comenzó a caer, presagiaban una jornada difícil para los locales. Era tal el aguacero, que por momentos se pensó en suspender el encuentro, sin embargo, la cercanía con el comienzo del Mundial en España, que iniciaría poco más de un mes después del cotejo, hizo que éste se jugara a como diera lugar y así, ante 42.548 mil espectadores, se comenzó a disputar la primera finalísima.


La tromba que se desataba en el cielo, se trasladó también al campo de juego, con un monopolio del juego y las posibilidades de inaugurar el marcador concentradas en el IFK Göteborg. Tal vez fueron las condiciones de la cancha, que efectivamente estaba convertida en un barrial, las que amagaron el virtuoso juego alemán. Tal vez fueron las ganas de darle vuelta mano a todos quienes creían que el Hamburgo SV tenía la copa en el bolsillo. El caso es que las mejores ocasiones siempre corrieron del lado de los suecos.

Ni bien comenzaron las acciones, Tord Holmgren apretó la salida de la defensa alemana, robó el balón, tocó con Corneliusson, éste le abrió un balón con ventaja hacia la izquierda y Holmgren se despachó un centro venenoso, el que tuvo que ser manoteado por el meta visitante, Uli Stein, ante la amenaza inminente de un cabezazo sueco. La fanaticada local se sobaba las manos. Los “Kamraterna” estaban jugando con el corazón y así, éste David tenía posibilidad de vencer a Goliat.

Con cada llegada local, la figura del portero del Hamburgo SV se iba acrecentando. Primero, ahogo un derechazo de Corneliusson. Luego, fue el turno de sofocar una posibilidad de Nilsson, luego de que Ruben Svensson metiera un ponzoñoso pase de 60 metros y que necesitó de una salida de Steín al borde del área grande para evitar el gol.

Así, y si bien las mejores ocasiones de gol estaban en los pies del buen fútbol de los “Obreros de Gotemburgo”, la férrea defensa alemana y, sobre todo, la soberbia actuación de su cuidavallas, les negaban una y otra vez el gol, un gol que les regalara la victoria y que les permitiera ir con algún tipo de ventaja a definir todo allí, a las orillas del Elba.

Cuando el campo de juego ya se había vuelto un desastre, la lluvia lo había empapado
todo y las piernas de los suecos ya no aguantaban un ataque más, llegó el premio: El reloj marcaba el minuto 87’, cuando una pelota casi sin intención lanzada por Tord Holmgren, fue despejada hacia el centro del campo por el medio alemán, Caspar Memering con la buena suerte para los locales que encontró la cabeza de uno de ellos, quien la devolvió al área germana con un peligroso testazo que fue pivoteado por Glenn Hysén, el zaguero central de los “Kamraterna”, que en la anterior jugada había subido a cabecear un córner, testarazo que pilló desprevenida a la zaga del Hamburgo SV, distracción que aprovechó Holmgren, el mismo que había iniciado todo con un inocente cabezazo, para esperar que la pelota bajara, le quedara cómoda y con un derechazo bendito, pusiera el 1 a 0 final para los “Obreros de Gotemburgo” y la primera opción para quedarse con la copa.

El triunfo era justo, toda vez que el mayor desgaste lo hicieron los suecos y, lo más destacable, el mejor juego y las mejores ocasiones, sin embargo, para la prensa europea en general, y la alemana en particular, el partido de vuelta sería diferente y los goles, los abrazos y la copa estarían reservados para los “Dinosaurier”.

La brega quedó programada para el 19 de Mayo de 1982 y se disputaría en el Volksparkstadion de Hamburgo, donde 57.312 espectadores esperaban intimidar a los dirigidos por Sven-Göran Eriksson y su fútbol champán, y entregarle al fútbol alemán su cuarta copa en aquella competición.

El mundo del fútbol, la prensa, los hinchas y hasta más de algún jugador del IFK Göteborg, pensaban que la tarea de los suecos era titánica y que levantar el trofeo era prácticamente una quimera. De hecho, en las afueras del estadio hamburgués, podían verse banderines con la leyenda “Hamburgo, Campeones de la UEFA 1982”. Cuenta la leyenda que Eriksson cogió una banderola y la exhibió en el camarín minutos antes de que su equipo saltara a la cancha. Fue el último empujón para que los nórdicos salieran a matar en aquella histórica final.

Lo de aquella noche fue una tromba y uno tras otro se sucedían los embates suecos a la portería de Stein, que ya comenzaba a ser la figura del Hamburgo SV, tal cual el encuentro de ida, sin embargo, la apertura del marcador vino tras un casi gol de los locales que fue despejado por la zaga nórdica. El balón fue despejado hacia la mitad de la cancha, siendo interceptado por Tord Holmgren, éste, cambió hacia la izquierda con un pelotazo cruzado a las espaldas del zaguero germano Manfred Kaltz, que fue le quedó con ventaja al puntero izquierdo de la visita Tommy Holmgren (hermano de Tord), quien controló y mandó un zurdazo peliagudo al corazón del área chica. Stein, que hasta ahí había sido superlativo, dudó en salir a quedarse con la bola, situación que aprovechó Dan Corneliusson para conectar de derecha y mandar la pelota al fondo del arco y poner el 1 a 0 parcial, virando el destino hacia el lado de los “Kamraterna”.

El golpe del IFK fue mortal y los alemanes no pudieron sobreponerse en lo que restó del primer tiempo. Es más, los pupilos de Eriksson tuvieron al menos un par de ocasiones más para estirar las cifras, mas la mala puntería y los manotazos de Stein lo impidieron. Quedaban sólo 45 minutos. Cuarenta y cinco minutos para abrazar el éxito y la cuenta de ahorra estaba de su parte.

En la segunda fracción, el capítulo volvió a repetirse. Los teutones no daban pié con bola y
los jugadores suecos no lograban asegurar las ocasiones, eso hasta que el reloj marcaba el minuto 62’. El mediocampo del Göteborg malogró una salida local, pinchando una pelota que resultó en un exquisito pase que dejó con ventaja a la estrella del equipo, Torbjörn Nilsson, que corrió 30 metros con el balón pegado al pié y con una marca férrea, pero estéril marca. El cañonero corrió hacia el sector izquierdo del área, empujando a que el portero alemán se cerrara sobre su palo derecho, en una excelsa estrategia, pues con sutileza le cambió la pelota hacia el vertical zurdo, haciendo imposible la estirada de Stein y decretando el 2 a 0 para los “Obreros de Gotemburgo”. La champán podía comenzar a descorcharse.

Tres minutos después, Bernd Wehmeyer no tuvo más remedio que derribar un embate de Nilsson que se metía en el área. El árbitro inglés de la brega, George Courtney no dudó, señalando penal. Stig Fredriksson, el encargado de cambiar por gol todos los penales del Göteborg en la copa, hizo lo que sabía hacer, regalándole el 3 a 0  al cuadro sueco. Ahora, sólo faltaba que el reloj corriera para poder gritar campeón. Y así fue.

Courtney pitó con fuerza y apuntó hacia el centro del campo, decretando el partido, la serie y la copa para el IFK Göteborg, Por primera vez en la historia, un club de Suecia se quedaba con una competición oficial en Europa y quienes lo hacían, era un grupo de futbolistas que debían complementar su labor como futbolistas con diversos oficios para poder ganarse el pan. El fútbol de novela, ese que se juega con el corazón, que deja la vida por la camiseta, el del origen, el auténtico, le daba una bofetada al balompié de los billetes, las estrellas y los números azules.

El IFK Göteborg, el humilde IFK Göteborg inscribía con letras doradas su nombre en la historia linda del fútbol y todo en los pies, en los laboriosos, esforzados y valientes pies de los obreros futbolistas de Gotemburgo.



sábado, 23 de mayo de 2020

Jorge Robledo, Una Estrella Olvidada (Penúltimo Capítulo)




Para el año 56’, “George” tenía dos desafíos por delante: volver a llevar a Colo Colo a la gloria a punta de goles, y seguir demostrando que podía ser una carta válida para la Selección de Chile, que tenía por delante el Campeonato Panamericano de Fútbol y una edición extraordinaria del tradicional Campeonato Sudamericano.

Para el Sudamericano, que se disputó en Uruguay entre fines de enero y mediados de febrero, Jorge Robledo pidió no ser convocado, pues sentía que no estaba en la mejor forma física y futbolística para ser un aporte a la “Roja” y, por sobre todo, porque llevaba siete años sin tener descanso. El mítico Julio Martínez, lo entrevistó para Revista Estadio, donde dejó de manifiesto que su ausencia en la justa obedecía únicamente a razones físicas: “Yo podría ir a Montevideo. Energías tengo y voluntad me sobra. Pero mi cuerpo hace rato que pide un descanso, y un sudamericano no es la mejor manera de reparar calorías. Llevo siete temporadas completas sin parar. Desde agosto del 48, he jugado 422 partidos. He transpirado en tres continentes, América, África y Europa. Quiero un descanso y lo necesito, porque ya me voy acercando a los treinta años y deseo jugar mucho más todavía”, le sinceraba a JM.

Lamentablemente, Jorge Robledo se perdió una oportunidad importante para seguir marcando a fuego su idilio con las redes y su flirteo con la Selección, pues Chile, terminó en un admirable segundo lugar, luego de doblegar a Paraguay y Perú, golear por un contundente 4 a 1 a Brasil, y caer ante Argentina y Uruguay, alzando como principal figura a Enrique “Cua Cua” Hormazábal, antes de viajar a tierras charrúas había firmado su paso a Colo Colo, y que se había matriculado con cuatro tantos, alzándose, junto a Óscar Míguez, leyenda uruguaya, como el máximo goleador del certamen.

Tras un merecido descanso, “George” ya se sentía en condiciones de ser un verdadero

aporte para la “Roja”, liderando la nómina, en la que también estaba Misael Escuti, Jaime Ramírez, Enrique Ormazábal, y Leonel Sánchez, que viajaría a Ciudad de México para disputar el Panamericano, un torneo parecido al que ganó Chile el año 2015, pues se disputó con selecciones de norte, centro y Sudamérica, y que ya exhibía una edición cuatro años antes, que había consagrado a Brasil como campeón.

Todo estaba preparado para que Chile repitiera lo hecho unas semanas antes en Uruguay, sin embargo, nada fue como se esperaba. La "Roja", apenas rescató un empate en el certamen (un 2 a 2 ante Perú), cayendo ante Brasil (1-2), Costa Rica (1-2),  Argentina (0-3), y ante el anfitrión, México (1-2). La performance de Jorge Robledo, lamentablemente no fue la mejor. De hecho, Luis Tirado, DT del combinado nacional, no lo consideró dentro de la oncena titular para el partido ante los “Transandinos”.

Aquel año, entonces, fue para el olvido con la camiseta de Chile para “George”. La insólita “mancha”, se aplacó sólo con una notable actuación en el último partido que disputó la Selección aquel año, cuando enfrentó ante 33 mil personas a la Selección de Checoslovaquia en el Estadio Nacional. Allí, Jorge Robledo fue la figura rutilante del encuentro, aportando con dos goles para un triunfo redondo por 3 a 0 ante los centroeuropeos (el tercer tanto correría por parte de “Cua Cua”), pero que se convertirían, lamentablemente, en los últimos que marcó con la camiseta de la “Roja”.

El rumbo, ahora, se enfocaba en Colo Colo y la necesidad de bajar su séptima estrella y apostaba sus fichas a un mediocampo y una delantera sencillamente de lujo, formada por un novel Mario Moreno, Atilio Cremaschi, Jaime Ramírez, Jorge Robledo, y el “chiche” que exhibían los “Albos” para esa temporada: Enrique Ormazábal, que venía de romper vallas con la camiseta de Chile y Santiago Morning, y por el cual los dirigentes del “Cacique” habían pagado 6 millones de pesos de la época, ganándole la “pulseada” a Universidad de Chile, Palestino y Boca Juniors.

Sin ser la máquina goleadora del 53’ y teniendo que bregar por la punta con Santiago Wanderers y Magallanes gran parte del Campeonato, Colo Colo vislumbró pronto que el campeonato podía ser suyo, pues si bien la lucha con “Caturros” y “Carabeleros” fue cierta, las diez fechas consecutivas en que los “Albos” no conocieron derrota, pavimentaron el camino para gritar nuevamente campeón.

Finalmente, a falta de dos fechas para el final, los dirigidos por el uruguayo Enrique Fernandez Viola, y luego de empatar a un tanto ante Santiago Wanderers en el Nacional (el gol colocolino fue marcado por Jorge Robledo), se proclamaron campeones del torneo, exhibiendo 17 victorias, 4 empates y 5 derrotas. Anotando 60 goles y encajando 34.

Como bien lo plantea Edgardo Marín en “La Historia de los Campeones (1933-1991)”, Colo Colo “recuperaba a Jorge Robledo”, toda vez que había exhibido un pobre desempeño con la Selección a principios de año y un inicio algo dubitativo en el torneo nacional, pero había enmendado el rumbo, volviéndose pieza clave de la alineación titular del “Cacique” participando en 25 de los 26 partidos que disputaron los “Albos” aquella temporada, y alzándose como el segundo goleador del equipo con 12 tantos, tras Atilio Cremaschi (que marcó 13 dianas), producto de sus tantos ante Palestino, Green Cross y Santiago Wanderers, en una oportunidad, O’Higgins, Magallanes y Santiago Morning en dos ocasiones, y Universidad de Chile en tres oportunidades.

El año 57’, partió, tal como los dos anteriores, con Jorge Robledo defendiendo a la Selección de Chile en una nueva versión del Campeonato Sudamericano, el que esta vez se desarrollaría en Lima. Chile, llegaba con un vicecampeonato en la edición anterior, pero con una paupérrima actuación en el Panamericano de Fútbol, en México, donde había terminado en una decepcionante último lugar.

Robledo había viajado a la capital peruana con la incertidumbre de no haber extendido su vínculo con Colo Colo, por lo que,  y tal como lo plantea Revista Estadio “se ha mostrado taciturno (…) pues el piloto albo no ha renovado con el cuadro popular” lo que, probablemente, repercutió en su desempeño en el campeonato. De hecho, a último minuto, no pudo ser incluido en el debut de Chile en el certamen, juego que los enfrentó contra Brasil, luego de presentar un cuadro febril.Para la historia quedará que la “Roja” cayó por 4 a 2 ante la “Verdeamarelha”.

El desempeño de Chile fue misérrimo: Cayó por la mínima ante Perú, por 0 a 2 ante

Uruguay y por 6 a 2 ante Argentina, que a la postre se proclamó campeón; empató a 2 tantos ante Ecuador, match donde tampoco estuvo presente “George”,  y sólo pudo derrotar a Colombia por un estrecho 3 a 2, terminando en el penúltimo lugar, el que, además, se vio aún más empañado por los actos de indisciplina que rodearon el periplo nacional en Perú. Se cerraba así el penúltimo paso de Jorge Robledo con la Selección Chilena, venían ahora, los capítulos finales de su idilio con la camiseta de Colo Colo.

Sin embargo, aquella temporada no fue muy auspiciosa ni para los “Albos” ni para el propio Robledo, pues Colo Colo terminó el torneo en la octava posición, a 9 puntos de Audax Italiano, quien se coronaría como campeón, ganando apenas 10 partidos y cayendo en 11 ocasiones. “George”, en tanto, vio acción en 17 partidos, marcando apenas en dos ocasiones, ante San Luis, en la quinta fecha, y ante los “Itálicos”, en el penúltimo encuentro. Desconcertante desde todo punto de vista, toda vez que los tantos por temporada en los últimos 9 años de Robledo se contaban con ambas manos.

Entre medio de la disputa del torneo nacional, la Selección de Chile tuvo que disputar las clasificatorias al Mundial de Suecia 1958, eliminatorias donde Chile quedó emparejado con Argentina y Bolivia, para disputar un cupo en la máxima justa del balompié a nivel de selecciones, sin embargo, tal y como fue el desempeño en el Sudamericano de inicios de año, la performance de la “Roja” también fue para el olvido, ganándole sólo a los “Altiplánicos” en Santiago por un estrecho 2 a 1, y cayendo acá y allá ante Argentina (0-2 y 4-0), y perdiendo 3 a 0 ante los bolivianos en a altura de La Paz.

Se cerraba así un nuevo ciclo de Jorge Robledo, esta vez con la Selección Chilena, etapa que le permitieron defender en 31 oportunidades la camiseta de la “Roja”, disputando una Copa del Mundo, dos Clasificatorias Mundialistas, un Panamericano y tres Campeonatos Sudamericanos, marcando 8 tantos, uno a Estados Unidos en Brasil 50’, tres a Perú, uno en la Copa del Pacífico 53’ y dos en el Sudamericano del 55’, uno a Paraguay en las Clasificatorias a Suiza 54’, uno a Ecuador en el Sudamericano del 55, y dos a Checoslovaquia, en un amistoso disputado en el Estadio Nacional, en agosto del 56’.


(Continuará)

martes, 19 de mayo de 2020

IFK Göteborg, El Último Campeón Proletario (Segunda Parte)



En los treintaidosenos de final, la primera fase de la copa, el sorteo le ponía a los “Kamraterna” la posibilidad de enfrentarse a monstruos del balompié europeo, tales como  el Real Madrid, el Ipswich Town, último campeón del torneo, o el Inter de Milán, mas el destino futbolístico quiso que el debut fuera ante el FC Haka, uno de los equipos más importantes de Finlandia, pero un cuadro más que menor en el concierto europeo.

Y así fue, pues dieron cuenta de los finlandeses por un global contundente: 7 a 2, ganando a domicilio al Haka por 3 a 2, y goleándolo por un expresivo 4 a 0 en Gotemburgo, partido en el que ya a los 27’ minutos de la primera fracción lo ganaban por un placido 3 a 0.

La segunda ronda les plantó un desafío mayor, pues al frente tenían al SK Sturm Graz, subcampeón austriaco, y que había derrotado al CSKA de Moscú, luego de haber ganado por la mínima en Austria y caer por 2 a 1 en la capital soviética, donde el gol como visitante que marcó el croata Božo Bakota, le permitió acceder a la ronda de los dieciséis mejores.

La llave se presentaba como un mero trámite para el IFK Göteborg, toda vez que el Graz había accedido apenas por haber marcado un gol en calidad de visita, y porque el sorteo determinó que el partido de vuelta se jugara en Gotemburgo, sin embargo, los lances había que jugarlos primero.

El primer partido, se jugó en un Liebenauer Stadium lleno hasta las banderas y, al parecer eso, intimidó a los suecos, pues promediando el primer tiempo, y producto de los goles de Zvonko Breber a los 14’, y de Richard Niedercacher, a los 22’, ya perdían el partido. Törbjorn Nilsson, descontó faltando nueve minutos para que terminara la primera parte y, luego de un café cargado de parte de Sven-Göran Eriksson en el entretiempo, nuevamente Nilsson le entregó el empate definitivo. El paso a los dieciseisavos de final estaba a las puertas y lo definían jugando en casa.

Sin embargo, los austriacos no se la pondrían fácil nuevamente. Ante un Gamla Ullevi lleno

hasta las banderas, los dos equipos no se hicieron daño en el primer tiempo, por lo que hubo que esperar hasta la parte final para apreciar buen juego, fricción, goles y uno de los partidos más memorables de los que ofreció aquella versión de la Copa UEFA.

Apenas iniciado el segundo tiempo, los "Kamraterna" se pusieron en ventaja con el gol de Torm Holmgren al minuto 47'. Kurt Stendal consiguió el empate para el Graz, promediando el segundo tiempo. Luego, Nilsson volvió a poner en ventaja a los suecos a los 75', provocando la algarabía de una afición que no contaba con que, faltando ocho minutos para el final, Bakota pusiera un 2 a 2 que desataría sus peores pesadillas.

Mas, y a un minuto del final, el defensa Stig Fredriksson, cambió por gol una falta penal y le entregó el partido la serie y la clasificación a unos inéditos octavos de final para su historia, superando lo hecho por el Malmö FF, que había caído en los treintaidosavos de final en la Copa UEFA de la edición1979/80’, cuando se despidió del campeonato por un global de 5 a1, luego de caer como visitante por 4 a 0 ante el Feyenoord holandés, y empatar a 1 tanto en Suecia; e igualando la actuación del Östers IF en la edición 76/77 del mismo torneo, cuando  fue eliminado por el FC Barcelona, luego de un expresivo global de 8 a 1, luego de caer 0 a 3 como local y 5 a 1 en Cataluña.

Conforme avanzaba el campeonato, la posibilidad de toparse con cuadros con más espaldas y más laureles se volvía una certeza para los “Obreros de Gotemburgo”, sin embargo, el emparejamiento volvió a ser benevolente con “Los Ángeles”, poniéndole enfrente al Dinamo București, un cuadro menos complicado que el Real Madrid, el Sporting de Portugal, el Feyenoord de Rotterdam o el Hamburgo alemán, que todavía seguían en competencia, sin embargo, la llave tampoco era “tirar y abrazarse”, pues los “Câinii Roșii” (perros rojos) de Bucarest, se habían metido en la ronda de los dieciséis mejores, luego de dejar en el camino al PFC Levski Sofía por un global de 4 a 2 (3 a 0 en Rumania y 1 a 2 en Bulgaria), y había dado cuenta, nada más y nada menos, que del Internazionale de Giuseppe Bergomi y Alessandro Altobelli, luego de empatar a 1 tanto en el Giuseppe Meazza, y derrotar  en el Stadionul Dinamo por 3 a 2 , y en tiempo suplementario.

El primer encuentro se jugó en Suecia y fue todo para los locales. A los 27’ minutos, Tommy Holmgren conectó un centro desde el borde del área y con un sobrio cabezazo, puso el 1 a 0, marcador que se alargó cinco minutos después, con otro tanto de  Nilsson. La tarea ya estaba prácticamente lista en su primer capítulo. Reiniciado el segundo tiempo, a los 51’ minutos, Nilsson dijo presente por segunda vez, decretando el 3 a 0 y el los primero tres puntos de la serie para el IFK Göteborg. El descuento rumano, llegó al minuto 64’, en los pies de Gheorghe Mulțescu, entregándole el sazón que necesitaba la serie en el partido de regreso.

La vuelta se jugó dos semanas después en la capital rumana. Los locales tenían la obligación de ganar el partido y por una diferencia de dos goles si querían quedarse con un lugar en cuartos de final, sin embargo, Törbjorn Nilsson, el “chiche” de los nórdicos, y que después paseó sus goles por el FC Kaiserslautern alemán y el PSV Eindhoven, silenció a todo el Stadionul Dinamo, cuando a los 23’ minutos del primer tiempo puso el 1 a 0 final, con el que el IFK Göteborg alcanzó un inédito lugar entre los ocho mejores clubes del torneo.

La fiesta era total en Suecia. Por primera vez, un cuadro de aquel país se metía entre los

mejores de una competición europea en casi treinta años de torneos de clubes oficiales en el Viejo Continente. Destacable, además, porque los "Kamraterna" hacía sólo un par de años jugaban en segunda división, y, lo mejor de todo, porque es era un grupo de jugadores que repartía su tiempo  entre patear un balón y desarrollando diversos oficios para llevar el pan  a la mesa, los que se plantaban de igual a igual con clubes completamente profesionales y les pintaban la cara.

Para los hinchas y para la prensa el IFK Göteborg ya había campeonato en sus corazones, pero había más.

En Cuartos de Final los esperaba el Valencia CF, el primer rival de fuste que se le ponía enfrente. Los españoles venían de un cuarto lugar en la Liga hispana y de haber dado cuenta del Bohemian Praha de Checoslovaquia, el Boavista FC portugués y del Hajduk Split de Yugoslavia, y que amenazaba a las aspiraciones suecas con la dupla goleadora  conformada por el austríaco, Kurt Welzl, y el danés Frank Arnesen.

El Luis Casanova de Valencia recibió el primer partido de la serie, en un encuentro que se jugó el 3 de marzo de 1982. El cuadro “Che” exhibía un mediocampo y una delantera de temer, ostentando 4 victorias y 10 goles en seis encuentros e hizo gala de aquello, pues a los 6 minutos Arnesen se despachó un tiro libre desde 40 metros que hizo imposible la estirada de Wernersson, adelantando en las cifras a los españoles.

Los abrazos no terminaban en las gradas, cuando Ruben Svensson pinchó con la pierna derecha una pelota perdida que se paseaba en el área del Valencia, luego de una serie de cabezazos tras un córner. Los “Ángeles” empataban el encuentro y, lo mejor de todo, encajaban un gol de visita. Dos minutos más tarde, y aprovechando una desinteligencia de la saga española, Nilsson agarró la pelota en tres cuartos de cancha, se fue en demanda del arco rival y, ante la salida del portero, José Manuel Tempere, se la picó con sutileza y la mandó al fondo de las mallas, adelantando a los suecos. El partido se cerró  a los 18’ minutos del primer tiempo, cuando nuevamente el delantero Arnesen cambió por gol una falta penal. De ahí en adelante, las defensas de cada elenco fueron las protagonistas de la brega, las que, finalmente, firmaron un empate dos tantos y le entregaba la primera opción a los “Obreros de Gotemburgo” de avanzar de fase.


(Continuará)

lunes, 18 de mayo de 2020

IFK Göteborg, El Último Campeón Proletario (Primera Parte)




Hoy en día, el sinónimo por antonomasia del fútbol es dinero. Con una industria que, según un estudio de la consultora Delloite, movió dineros por sobre los 500 Mil Millones de dólares en el mundo entero, cifras tan colosales que se comparan con el PIB (el valor monetario de todo lo producido por un país en un año) de naciones como Chile, Hong Kong o Suiza, y superior al de prácticamente todos los países de África.

En el caso de los sueldos de los futbolistas, las cifras son igual de dantescas: la suma de lo que ganan los 10 jugadores con los salarios más altos alrededor del mundo (Alexis Sánchez ocupa el octavo lugar) durante un año, supera los 400 millones de dólares, una cifra tan monumental, que duplica las ganancias que tuvo la Scudería Ferrarri, el año recién pasado.

Así, y en las divisiones de elite, por supuesto, es singular que un futbolista tenga que compatibilizar su desempeño como jugador con alguna otra actividad, primero, porque la profesión ya no lo permite, debido a que los sueldos superan, sin ningún duda, la media de sueldos de cualquier país, y, lo más importante aún, pues por la exigencia física y mental que el fútbol requiere.

No obstante esto, no hay que echar mucho atrás en la bobina de la historia del fútbol para encontrar ejemplos de jugadores que tuvieron que ajustar las patadas al balón con algún otro trabajo. James Vardy, internacional inglés, figura con el Leicester City, campeón de la Premier League el 2016, trabajó como obrero en una empresa de piezas ortopédicas antes de fichar por el FC Halifax Town, equipo de la quinta división británica, y que le abrió las puertas para convertirse, un poco después, en estrella de los “Foxes”, entregándole, a punta de goles, su primer título en la élite del fútbol británico en sus 132 años de historia.

Mas, la historia más romántica y novelesca que recuerde el fútbol mundial, sobre  jugadores que tuvieron que mezclar la pelota con diversos trabajos u ocupaciones para ganarse el pan, y, además,  tocar la gloria con el fútbol, fue el IFK Göteborg de Suecia, campeón de la Copa UEFA 1981/82.

El fútbol en Suecia, está dominado por el Malmo FF y el IKF Göteborg. El primero, ostenta

23 ligas de aquel país y dos finales que le hicieron rasguñar la gloria a nivel internacional: una final de la Copa UEFA el 78/79, y un vicecampeonato de la Copa Intercontinental, trofeo que disputó porque el Nottingham Forest, el campeón de la Champions League de aquel año, se negó a viajar a Sudamérica para dirimir con Olimpia del Paraguay, al mejor equipo del Mundo.

Y el segundo, le pisa los talones a los “Blåe”, con 18 campeonatos suecos, pero que sabe de victorias fuera los fiordos nórdicos, vanagloriándose de, nada más y nada menos, que dos Copas UEFA,  las del 1981/1982 y del 1986/1987, siendo la primera, una oda a la entrega, el pundonor y el coraje.

La temporada 82’, tenía un claro objetivo para el el IFK Göteborg: volver a gritar campeón, tras 12 en los que se contó con pasos por segunda división, inclusive, y con años viendo como sus clásicos rivales, y hasta equipos de menor cuantía, se quedaban con la liga, negándole la gloría que hacía sólo unos años les había metido en el Olimpo del fútbol sueco, y que le hacían batallar, junto al Malmo FF, el IFK Norrkoping y al AIK, como el cuadro más popular de todo Suecia.

Con un raigambre popular, emanado del fuerte vínculo que generó con los trabajadores de la industrializada ciudad de Gotemburgo en sus inicios, los “Kamraterna” (Compañeros), como se le conoce al Göteborg en Suecia, forjó un lugar entre los grandes de aquel país a principios del 1900, cuando, y por 6 temporadas consecutivas, venció a todo al que se le pusiera por delante, quedándose con 6 campeonatos al hilo y perdiendo apenas 7 partidos entre 1912 y 1918.

Luego, aunque no volvió repetir la hazaña de sus inicios, siempre se mantuvo animando el torneo sueco, levantando, de tanto en tanto, la copa como el mejor del país, y entregándole a Suecia figuras del balompié, que participaron en las mayores conquistas del fútbol sueco, como las medallas de bronce conseguidas en los JJOO de Paris y Helsinki, la presea de oro en los Olímpicos de Londres, y el vicampeonato mundial el año 58’, cuando sucumbieron a la magia de Pelé, Garríncha y Vavá, y entre los que destacan Björn Nordqvist, Gunnar Green, Reino Börjesson, o más actualmente, Thomas Ravelli, Niclas Alexandersson o Kennet Andersson.

Sin embargo, para fines de los años setenta, el IFK Göteborg no pasaba por su mejor momento.Al contrario, tal vez vivía el capítulo más oscuro de su historia: en 1969, abrochaban un nuevo título y sólo doce meses después se marchaban a la segunda división, serie de la que no lograron librarse durante largos siete años. Valdría la pena toda esa espera.

La extensa estadía en la división de ascenso, mermó las arcas del club, por lo que se les volvió imposible competir con los números que manejaban sus rivales en primera. Los dirigentes del Göteborg, conscientes de que aquello ocurriría, volcaron el dinero que les entraba en potenciar las series menores, quienes serían la base de los torneos que se venían y de la gloria que los estaba esperando, y desde donde emergieron nombres como los de  Conny y Jerry Karlsson, Glenn Hysén y Glenn Strömberg, quienes fueron la base en el retorno a la máxima división del fútbol sueco.

En la temporada 78’  terminaron la liga en tercer lugar, meritorio para haber pasado siete
años en la B, pero bastante lejos del Östers IF, que terminó con 7 puntos de ventaja sobre los “Blåvitt”. Esto, les permitió volver a copas internacionales, jugando Recopa de Europa 79/80’, alcanzando los cuartos de final, luego de dar cuenta del Waterford United irlandés y del Panionios griego, y donde sucumbieron ante el Arsenal por un global de 5 a 1. Todo un mérito, pensando que solo unos meses atrás, los “Kamraterna” desplegaban su juego en segunda división.

La billetera de “Los Ángeles”, como también se conocía al IFK Göteborg, no repuntaba al ritmo de  como lo hacían sus triunfos deportivos, situación que no le permitía, aún, ofrecer grandes sueldos y, por ende, atraer a las figuras del fútbol sueco. El mal trance económico era tal, que el plantel  combinaba su labor como futbolistas con trabajos como cocineros, obreros o bomberos, y, es más, cuenta la leyenda que la gran figura de aquel plantel, el delantero Törbjorn Nilsson, era el único que tenía un contrato que le permitía dedicarse cien por ciento a su labor como futbolista, sin embargo, se fastidiaba tanto haciéndolo solo, que también se buscó un trabajo.

Para el año siguiente, la dirigencia volvió a asestar en el blanco, abrochando como director técnico a un novel Sven-Göran Eriksson, un adiestrador que hacía sus primeras armas como tal en el fútbol, y que había hecho una notable campaña con el Degerfors IF, elenco de la tercera división sueca que venía haciendo notables campañas y con rumbo claro hacia la primera división.

Eriksson, implantó un novedoso estilo de mecanismo basado en la utilización de paredes, de combinaciones cortas y juego a ras de suelo, algo bastante más exquisito al que estaban acostumbrados en Suecia. Un juego que se conocía como el fútbol champán, por haberlo comenzado a implantar el Stade de Reims francés en los años 50’.

El fútbol de los “Obreros de Göteborg” comenzó a llamar la atención de inmediato. Con sendas victorias en la Copa de Suecia, trofeo que ganaron por nocaut el 79’, comenzaron a hacerse un nombre dentro de tierras suecas. En la Liga de aquel año, la performance también fue positiva, pues pelearon palmo a palmo el torneo junto al Halmstads BK, sin embargo, tan sólo un punto de diferencia le impidió revalidar el mismo título que había cosechado hacía diez años, teniendo por consuelo la clasificación por primera vez a la Copa UEFA 80/81’, donde, lamentablemente, no pudieron avanzar más allá de la primera ronda, pues cayeron ante el FC Twente de Holanda, por un global de 3-5 ( 1 a 5 en Enschede y 2 a 0 en Gotemburgo).

Al año siguiente, el tercer puesto en la Liga le permitió clasificar, por segundo año consecutivo, a la edición 1981/82’ de la Copa UEFA, versión que llevaría al IFK Göteborg a las páginas lindas del fútbol, sueco, europeo y mundial.


(Continuará...)